734 Andaba rodiao de perros que eran todo su placer, jamas dejó de tener menos de media docena, mataba vacas ajenas para darles de comer.

735 Carniábamos noche a noche alguna res en el pago, y dejando alli el rezago alzaba en ancas el cuero, que se lo vendía a un pulpero por yerba, tabaco y trago.

736 ¡Ah!, Viejo más comerciante en mi vida lo he encontrado. Con ese cuero robao el arreglaba el pastel, y allí entre el pulpero y él, se estendía el certificao.

737 La echaba de comedido; en las transquilas, lo viera, se ponía como una fiera si cortaban una oveja; pero de alzarse no deja un vellón o unas tijeras.

738 Una vez me dió una soba que me hizo pedir socorro, porque lastimé a un cachorro en el rancho de unas vascas; y al irse se alzó unas guascas: para eso era como zorro.

739 "¡Ahijuna!", dije entre mí, "Me has dao esta pesadumbre; ya verás; cuanto vislumbre una ocasión medio güena, te he quitar la costumbre de cerdiar yeguas ajenas."

740 Porque maté una vizcacha otra vez me reprendió; se lo vine a contar yo, y no bien se lo hube dicho: "Ni me nuembres ese bicho", me dijo, y se me enojó.

741 Al verlo tan irritao hallé prudente callar. "Este me va a castigar", dije entre mí, "si se agravia." Ya vi que les tenía rabia, y no las volví a nombrar.

742 Una tarde halló una punta de yeguas medio bichocas; despues que voltió unas pocas, las cerdiaba con empeño: yo vide venir al dueño, pero me callé la boca.

743 El hombre venía jurioso y nos cayó como un rayo; se descolgó del caballo revoliando el arriador, y lo cruzó de un lazazo ahi no más a mi tutor.