744 No atinaba don Vizcacha a qué lado disparar, hasta que logró montar, y, de miedo del chicote, se lo apretó hasta el cogote, sin pararse a contestar.

745 Ustedes creerán tal vez que el viejo se curaría… No, señores, lo que hacía, con mas cuidao dende entonces, era maniarlas de día para cerdiar a la noche.

746 Ese jué el hombre que estuvo encargao de mi destino; siempre anduvo en mal camino, y todo aquel vecindario decía que era un perdulario, insufrible de dañino.

747 Cuando el juez me lo nombró, al dármelo de tutor, me dijo que era un señor el que me debía cuidar, enseñarme a trabajar y darme la educación.

748 ¡Pero que había de aprender al lao de ese viejo paco!; que vivía como un chuncaco en los bañaos, como el tero; un haragán, un ratero, y más chillón que un varraco.

749 Tampoco tenía más bienes ni propiedad conocida que una carreta podrida, y las paredes sin techo de un rancho medio deshecho que le servía de guarida.

750 Después de las trasnochadas allí venía a descansar; yo desiaba aviriguar lo que tuviera escondido, pero nunca había podido, pues no me dejaba entrar.

751 Yo tenía unas jergas viejas, que habian sido mas peludas; y con mis carnes desnudas, el viejo, que era una fiera, me hechaba a dormir ajuera con unas heladas crudas.

752 Cuando mozo jué casao, aunque yo lo desconfío, y decía un amigo mío que, de arrebatao y malo, mató a su mujer de un palo porque le dió un mate frío.

753 Y viudo por tal motivo nunca se volvió a casar; no era fácil encontrar ninguna que lo quisiera: todas temerían llevar la suerte de la primera.