Uno de los presidentes de la sociedad libre, profesor de lenguas orientales en la Universidad de Cornell, acometió la obra con fines más concretos. Hijo de un rabí, y destinado a serlo él mismo, Félix Adler, después de estudiar algunos años en las universidades alemanas, creyó que su vocación era otra; el estudio de la crítica bíblica, la influencia de la ética kantiana y el auge de la filosofía naturalista, le hicieron perder toda confianza en la autoridad de las teologías. Esto no modificó su temperamento místico ni amenguó mínimamente su fe en la necesidad de la educación moral; ¿la dignidad, el culto de la virtud, el valor de la vida humana, el esfuerzo hacia la perfección, la santidad, perderían su profundo sentido porque el hombre se apartase de las religiones dogmáticas?

Creyó como Emerson que la vida privada y pública, en la sociedad contemporánea, tendía efectivamente a un descenso de su nivel moral, viendo en eso un resultado indirecto del viejo tradicionalismo que identificaba la moralidad con la religión; perdida la fe en los dogmas de ésta, se resentía aquélla. ¿Cuál era el remedio? ¿Volver a los dogmas cuya falsedad parecía evidente? Eso, además de inmoral, le pareció innecesario. Lo único lógico y moral era salvar la ética, en ese naufragio lento de los dogmas religiosos. ¿Cómo? Independizándola.

Si pudiéramos detenernos a comparar la biografía de Emerson con la de Adler—su medio social, su ambiente de familia, su temperamento, su educación personal, su evolución religiosa—descubriríamos un paralelismo constante, en el conjunto y en los detalles, entre el fracasado pastor unitario y el abortado rabí judío. Todo lo que aquél supo predicar con elocuencia suma y escribir en cálido estilo, reaparece como punto de partida en el hombre que, el 15 de mayo de 1876, fundó en Nueva York la primera Society of Ethical Culture.

Proclamar ante todo la "autonomía de la moralidad" y proponerse la "educación moral" de sus miembros, fueron los acápites de su programa: organizar la vida moral de los individuos y de la sociedad sin preocuparse de creencias teológicas y metafísicas; es decir, asentar racionalmente la formación del carácter y las reglas de la conducta, inspirar el deseo y la fuerza de obrar moralmente, poner como faro de la vida humana el ideal del perfeccionamiento ético. Sobre la base única de la experiencia moral, este último debe derivarse de las nuevas condiciones de vida implícitas en el progreso incesante del mundo moderno.

Pronto la sociedad formuló principios, dignos de ser mencionados para comprender mejor su espíritu. "La ley moral—dicen—es independiente de toda teología; nos es impuesta por nuestra misma naturaleza humana, y su autoridad es absoluta. Las aspiraciones democráticas y científicas de nuestra época, así como el desenvolvimiento de sus actividades industriales, han engendrado deberes nuevos que es necesario reconocer y formular. Tenemos el deber de emprender grandes obras de solidaridad social, sacudiendo la indiferencia general; pero nuestro primer deber es la "self-reform", nuestra propia reforma individual. La organización interna de la Sociedad Ética debe ser republicana, correspondiendo el trabajo y la responsabilidad a todos los miembros, tanto como al pastor. Es de la mayor importancia la educación moral de los niños, para cultivar en ellos el sentimiento del valor y de la dignidad humana".

El espíritu de tolerancia y la indiferencia por los dogmas, fueron, si cabe, expresados con mayor firmeza que hasta entonces: "Durante más de tres mil años los hombres han reñido sobre las fórmulas de su fe y la diversidad de creencias ha ido acentuándose. Nosotros respetaremos toda convicción sincera. Unámonos en lo que nada puede dividirnos: en la religión práctica de la acción, allí donde el fiel y el infiel pueden encontrarse hermanados". Los profetas y los filósofos están de acuerdo sobre la primacía de la moralidad en la vida social, aunque difieran en la apreciación de su origen; lo importante es que, a fuerza de discutir sobre sus orígenes, no se acabe por desamparar la cultura de la moral en los hombres.

A primera vista, sin conocer el proceso de su desenvolvimiento, podría suponerse que el eticismo presenta analogías con la religión de la humanidad de Augusto Comte, y aún se sospecharía que ésta pudo tener algún influjo sobre aquél. Nada menos cierto, sin embargo. Los verdaderos inspiradores del eticismo fueron Kant y Emerson; Kant, por su ética y sin su metafísica, Emerson por su optimismo naturalista y sin su misticismo trascendental.

De Emerson acogen con simpatía el concepto panteísta—mejor diríamos humanista—de la Divinidad, confundida con la moralidad misma y distribuida en todos los hombres en la medida en que ellos son virtuosos: "Un hombre es Dios en tanto que es justo; con la justicia entran en su corazón la confianza, la inmortalidad y la majestad de Dios... La ley moral es la ley natural de nuestro ser. Un hombre tiene tanta más vida cuanta mayor es su benevolencia; todo mal es un tanto de inexistencia y de muerte. El hombre que persigue fines buenos lleva en sí toda la fuerza de la naturaleza; la maldad absoluta sería la muerte absoluta. La comprensión del sentimiento moral es una videncia de la perfección de nuestro espíritu. Ese sentimiento es divino y nos hace dioses".

Adviértase, ya, el buen sentido de los eticistas al no proscribir el sentimiento religioso y el hábito ancestral de la adoración por lo divino; ni siquiera se preocupan de afirmar la falsedad de los dogmas o de combatir el mito de lo sobrenatural; dejan a este respecto una ventana abierta sobre el horizonte del teísmo tradicional, confiando en que ante el error posible los hombres podrían repetir la frase clásica de San Agustín: "¡Dios mío, si estamos engañados lo hemos sido por tí!" Se limitan a prescindir de los dogmas y de los mitos como creencias, tratando de aprovechar los sentimientos que la humanidad acostumbra asociar a ellos. ¿Los hombres necesitan una religión? Le ofrecen la del ideal moral. ¿El sentimiento de lo divino no puede desarraigarse porque es secular? Demuestran que la divinidad consiste en la perfección del hombre hacia un supremo ideal de virtud. ¿Puede acusárseles de ser irreligiosos y difundir el ateísmo? Toda su acción ética es el ejercicio de lo mejor a que aspira el sentimiento religioso y en el fuero de su conciencia moral puede cada eticista adorar a Dios en la forma que su propia razón se lo haga concebir.

Las primeras preocupaciones de las sociedades eticistas fueron, en suma, encaminadas a tres objetivos principales. Procuraron contribuir a establecer una paz religiosa mediante la unificación moral, poniendo fin a las inútiles querellas dogmáticas de los teólogos; se propusieron aunar voluntades para reaccionar contra la relajación de la moralidad privada y pública, así como contra el desaliento de los escépticos y la ineficacia social de los individualistas; y, por fin, buscando curar el mal en la semilla, trataron de asegurar a los niños una educación moral intensa, para que ellos fuesen mañana hombres capaces de confiar en sí mismos y de alentar firmes ideales.