Con relación a Emerson, las sociedades de cultura moral representan un ensayo práctico para hacer efectivas las doctrinas dominantes en el segundo período de su vida, es decir, las propiamente sociales; en ellas siguen inspirándose, no obstante cierta liberal amplitud de criterio que nunca las obliga a seguir estrictamente su palabra, ni a creer que ella fué definitiva. La moralidad se va haciendo, lo mismo que la verdad; sería renegar de ella, aceptar como sentencias inmutables las opiniones de cualquier pensador, ya que éste, en el mejor de los casos, sólo representa una cumbre de la cordillera que se eslabona indefinidamente hacia el porvenir.
No es nuestro objeto examinar en detalle la expansión de las sociedades éticas americanas; basta decir que son numerosas y que su acción social se desenvuelve con sensible eficacia en algunos estados. Cada una de ellas aspira a ser un hogar moral para todos sus componentes; éstos emprenden fundaciones de utilidad práctica, escuelas, casas para obreros, obras de solidaridad social, sin olvidar por ello el estudio de todos los problemas sociales y políticos que afectan la vida nacional. Su actitud para las religiones que realizan obras análogas es de tolerancia y de simpatía, siendo frecuente su cooperación para secundar iniciativas ajenas.
4.—Algunos Antecedentes del Eticismo Inglés
Lo mismo que en Estados Unidos, numerosas heterodoxias religiosas precedieron en Inglaterra a la fundación de las sociedades de cultura moral. Un pastor anglicano, Voysey, había atacado durante cuarenta años al cristianismo en nombre de una religión universal, proclamando en su "Iglesia Teísta" la supremacía de la moral sobre el dogma; los "Secularistas", que menciona Guyau en La irreligión del porvenir, no eran otra cosa que una religión atea, aunque esta calificación parezca absurda; un grupo de positivistas había fundado a mediados del siglo una "Iglesia de la Humanidad". Más importante fué la "Sociedad Religiosa Libre", de South Place; dió nacimiento, en 1825, a una "Asociación Unitaria Inglesa", vinculando a Carlyle, a John Stuart Mill, a la Martineau, a Holyoake, a Roberto Browning, escuchando en su púlpito a William Fox, defendiendo a Th. Paine en sus horas de persecución, invitando a hablar en su seno a Max Muller, a Tyndall, a Huxley, a Darwin, dedicándose "al deber de la libre investigación y al derecho de la libertad religiosa", sin otro vínculo entre sus miembros que la "comunidad de la virtud". No es necesario insistir sobre el parentesco intelectual de este grupo inglés con el emersonismo; y todo induce a suponer que en su primera época tuvo sobre él algún influjo. La Sociedad Religiosa Libre, a poco de fundarse en Londres las primeras sociedades de cultura moral, se convirtió en la Sociedad Ética de South Place.
Es interesante señalar dos fenómenos curiosos de adaptación al medio, bien manifiestos en el movimiento eticista inglés; por ser en él más acentuados preferimos su examen al del eticismo norteamericano.
En América los únicos rastros filosóficos perceptibles fueron las de Emerson y Kant, aparte del liberalismo práctico de todas las religiones, y especialmente de la unitaria. En Inglaterra, por el año 1885, las doctrinas filosóficas más difundidas eran el agnosticismo, el neo-hegelianismo y el evolucionismo; ya se pronunciaba la actual reacción espiritualista y religiosa, favorecida por todas los partidos conservadores, que con el equívoco disfraz del idealismo concentraba a todos los privilegiados y beneficiarios del régimen feudal contra la evolución democrática iniciada por la Revolución Francesa.
Estamos en plena historia contemporánea. Contra todos los que se interesaban cada vez menos por el pasado y cada día más por el porvenir, contra los que combatían el Dogmatismo y el Privilegio en nombre del Libre Examen y de la Solidaridad Social, se difundió la denominación de "materialistas" y "positivistas", sabiendo que estas palabras tienen para las personas sencillas un significado de baja moralidad y de ausencia de ideales; eso permitió explotarlos indirectamente en favor de una regresión religiosa, igualmente fomentada por la iglesia católica y por la anglicana, ambas al servicio de las clases feudales de la sociedad. Frente al incesante progreso del espíritu moderno, y para reconquistar las posiciones perdidas, se atrajeron a las mujeres, las congregaron en corporaciones monopolizadoras del rango social, captaron la educación de sus hijas, y a éstas, a las madres de la generación siguiente, les impusieron—sine qua non—que entregasen sus hijos a educadores religiosos, para adiestrarlos a aborrecer los ideales de sus padres. Esta habilísima política, comentada desde sus comienzos por Michelet, en sus memorables conferencias sobre los jesuítas, tuvo en medio siglo el éxito que conocéis: está de moda, es prudente, es cómodo, es de buen tono, profesar alguno de esos nuevos espiritualismos palabristas que permiten filosofar contemporizando con el misticismo de las clases dirigentes. Sabéis que en toda época los que se han preocupado de hacer carrera en la política, en la enseñanza, en la burocracia, en los salones, han necesitado adherir a las "ideas" corrientes en el medio social. O lo han fingido. El no-conformismo ha sido el hermoso privilegio de pocos renovadores extraordinarios.
Cerremos este paréntesis de historia de la filosofía contemporánea, cuya importancia apreciarán mejor los que la estudien dentro de un siglo. Por el momento hay un hecho que es, para todos, la evidencia misma: las clases conservadoras han fortalecido a las iglesias dogmáticas, confiando a los teólogos la lucha contra las clases progresistas que surgían de las universidades. Imputando a éstas el materialismo de marras y sugiriendo que no hay moral posible fuera de la religión, se intentó rehabilitar el dogmatismo en nombre de la moral. Conocéis la doctrina difundida por los teólogos contemporáneos: "es indispensable renunciar a las verdades adquiridas por las ciencias si ellas comprometen el espiritualismo tradicional en que se funda nuestra moral religiosa". Son palabras del ilustre cardenal Newmann. Conocéis también el Syllabus, monumento único en la historia del dogmatismo.
La fundación de las sociedades éticas en Inglaterra señala una interesante actitud de doble protesta: contra el pretendido "materialismo" y contra este nuevo "espiritualismo" que en nombre del pasado pretende interceptar la libre investigación de la verdad.