Los eticistas ingleses, como los americanos, afirmaron que el libre examen y el sentimiento natural son los únicos árbitros en materia religiosa; insistieron en que la moralidad no es dogmática, sino el producto espontáneo y perfectible de la experiencia moral; proclamaron, en fin, que ninguna verdad adquirida por los hombres podría amenguar sus ideales morales. Y en vez de renegar de las verdades nuevas que no se ajustaban a los catecismos viejos, trataron de poner la experiencia moral en consonancia con la verdad, "a fin de que ningún hombre se viera obligado a cometer la suprema indignidad de tener que creer en el absurdo para salvar su moralidad".

Así se explica que aparezcan ciertas influencias filosóficas, no extrañas al eticismo norteamericano, pero más acentuadas en el inglés. "Las doctrinas que han tenido una influencia más evidente sobre él—dice Juan Wagner, un discípulo de Coit,—y sin las cuales habría revestido una forma diferente, son las teorías evolucionistas de Darwin y de Spencer, y los ensayos de moral darwinista y científica, particularmente la ética de Leslie Stephen, que fué durante mucho tiempo presidente de una Sociedad de Cultura Moral. Es el método evolucionista que se quiere aplicar al estudio de los hechos religiosos y morales; no se conocen ya ideas absolutas e inmutables; la moralidad, particularmente, evoluciona sin cesar. Por otra parte, bajo la influencia de Stephen y de Spencer, los eticistas no conciben ya la ética como un conjunto de reglas abstractas para la conducta del individuo; insisten sobre la influencia de la sociedad, los orígenes sociales de la moralidad, el carácter social de la naturaleza humana; el altruismo nos es tan innato y es tan natural como el egoísmo; todas las relaciones de la vida en sociedad deben estar sometidas al imperio de la moralidad. Se separan, pues, de la ética teológica y dogmática que sólo ve en la humanidad una asociación accidental y no se ocupa sino de la salvación individual, aunque, para colmo, la relega a un mundo hipotético y extrahumano. Como la mayor parte de los moralistas posteriores a Darwin, los éticos consideran la moral como una ciencia positiva y no mezclan en ella las tradicionales preocupaciones teológicas". Aunque las ideas de los eticistas sobre una religión humana y natural, y sobre la divinidad del hombre, recuerdan a veces las de Comte y de Feuerbach, no es posible encontrar rastros de una influencia segura. Fácil es, en cambio, hallarlos de los poetas y escritores ingleses del siglo, que siempre mantuvieron encendido el sentimiento del deber y el culto de la justicia: Shelley, Wordsworth, Browning, Tennyson, Matthew Arnold, Coleridge, Swimburne, George Elliot; digno es de notarse que por la misma época del movimiento eticista floreció la Sociedad Fabiana, de acentuado carácter social, cuando el pueblo inglés escuchaba como nuevos apóstoles a los Watts, los Ruskin y los Morris.

Esos y otros esfuerzos convergían a capacitar al hombre para vivir en un plano superior de moralidad, harmonizable con el conocimiento de todas las verdades, propicio a la comprensión de todas las bellezas. ¿Porqué una nueva moral no sería compatible con Darwin y Ruskin, con Spencer y Morris? ¿Porqué el hombre renunciaría en este mundo a la verdad y a la belleza, persiguiendo el cielo en otro mundo? ¿Cómo sería posible que la divinidad todopoderosa y clemente, pusiera la mentira y la fealdad como precio de su recompensa futura?

En 1886 un grupo de intelectuales, profesores universitarios y hombres afectos a estudiar los problemas sociales, fundaron la London Ethical Society, proponiéndose "cooperar al estudio y exposición de los verdaderos principios de la moralidad social". No tenía carácter alguno religioso y afirmaba más bien su propósito de despertar en la juventud el sentimiento de las responsabilidades cívicas y sociales. Con espíritu análogo se fundaron sociedades semejantes en Cambridge, Oxford, Edimburgo, etc.


5.—Las Iglesias Éticas

Félix Adler tuvo entre sus amigos y discípulos a un emersoniano inglés, doctor en filosofía, Stanton Coit, que le indujo a fundar en Londres una rama de la sociedad ética americana; ella fué el punto de partida de las cincuenta que existían en 1914, en vísperas de iniciarse la guerra actual.

Coit, en 1888, siendo conferencista en la "Sociedad Religiosa Libre" de South Place, hizo venir a Londres al profesor Adler, que en América le había asociado al movimiento eticista. La actividad de Coit, como organizador y propagandista, fué grandísima, tanto para hacer como para hablar y escribir. Con el objeto de disminuir las resistencias que el ambiente tradicionalista había opuesto hasta entonces a las sociedades de libres creyentes, imprimió a las nuevas un carácter marcadamente religioso, no vacilando al fin en llamarlas "Ethical Church". En 1896 se inició la formación de una Unión de las Sociedades de Cultura Moral, cuyos principios, renovados y perfeccionados sin cesar, abarcan: la independencia de la moralidad, su supremacía, los móviles de la conducta moral, la confianza en sí mismo y la cooperación social, la evolución de las morales, el método científico aplicado al estudio de la experiencia moral, la necesidad de las reformas económicas y sociales, de la autoridad en moral, de la libertad en la Unión eticista y del poder de la comunidad moral.

Esos principios merecen leerse:

a).—En todas las relaciones de la vida, personales, sociales, políticas, el factor moral debería ser el objeto de nuestra preocupación suprema.