Las simulaciones de la ictericia son conocidas de antigua fecha. Las más burdas consisten en mojar el cuerpo con soluciones colorantes. Fumando tabaco macerado en aceite de coco al que se añade el fósforo de una cerilla se obtienen perturbaciones generales, color ictérico de la piel y de las conjuntivas; este ardid, recordado por Benoit, es un verdadero envenenamiento por el fósforo. Más ingenioso es el que describe Slocker; consiste en colocar en la axila una compresa de algodón empapada en vinagre y espolvoreada con azafrán, previamente sumergido en aquel líquido durante algunas horas; hecha la aplicación, el individuo se acuesta, provoca una abundante transpiración, apareciendo pronto un color amarillento en todo el cuerpo, inclusive en las conjuntivas. Un médico nos refiere haber observado, durante mucho tiempo, un sujeto que se quejaba de tener las manos amarillentas; para curar de su inexplicable enfermedad visitó sucesivamente a numerosos médicos, siguiendo sus prescripciones con puntualidad. Súpose después que se teñía las manos con solución muy diluida de ácido pícrico, ignorándose el motivo que pudiera inducirle a persistir en tan original simulación.
La introducción de riñones u otros órganos de animales pequeños en la nariz, ha servido para simular pólipos nasales; el ozena simúlase introduciendo algodones embebidos en substancias fétidas o fragmentos de substancias orgánicas en putrefacción.
Los autores de dermatología recuerdan que la tiña favosa suele ser simulada quemando con ácido nítrico una zona de cuero cabelludo. Un profesor nos dijo conocer a un joven que por ese procedimiento eludió un compromiso de matrimonio.
Podríamos continuar indefinidamente, si quisiéramos detallar todas las formas de fraude empleadas por el hombre para obtener las facilidades concedidas al enfermo en los pueblos civilizados. Es indudable que las enfermedades simuladas se desconocían y se desconocen en aquellos pueblos donde, con fines selectivos, se mata a los enfermos; allí sólo se concibe con fines de suicidio.
Como complemento de esta reseña de la simulación de estados patológicos, sólo puede agregarse que el hombre, en la lucha por la vida, puede verse obligado a simular la muerte, negación de la vida misma. Esa simulación puede ser física; otras veces la muerte es simulada, desde el punto de vista legal solamente, gracias a la ocultación o desaparición del supuesto muerto; estos casos no son raros en derecho civil y su importancia es grande. En la literatura este recurso suele ser empleado con frecuencia para crear posiciones inesperadas e interesantes; "La muerte civil" ha dado tema a un drama harto conocido.
V.—SIMULACIÓN DE LA SALUD
Complemento indispensable del estudio de las enfermedades simuladas es el de la simulación de la salud, por sujetos verdaderamente enfermos, o sea la disimulación de la enfermedad. Su objetivo se comprende fácilmente: cuando el estar enfermo determina una situación de inferioridad en la lucha por la vida, el sujeto recurre a la simulación de la salud.
En la vida ordinaria es frecuentísima. Las reglas de la más simple urbanidad la imponen en el trato de gentes; pocas personas habrá que nunca hayan disimulado una dolencia de poca monta, para recibir con la sonrisa en los labios a un amigo o amiga estimada. Se asiste a tertulias disimulando una cefalalgia, a un banquete disimulando una dispepsia o una colitis, a una cita amorosa disimulando una cistitis o una uretralgia. Muchos lectores habrán disimulado en su juventud alguna enfermedad que reputaban vergonzosa, hasta que la intensidad de los síntomas los obligó a denunciarse al médico y a su propia familia.
Hemos visto un caso de impotencia psíquica que involucraba una doble simulación. Un joven contrajo matrimonio con una señorita casi interesante; sufrió durante varias semanas de impotencia psíquica, siéndole imposible cumplir sus deberes de marido. En los primeros días la esposa simuló, ante la familia, dolores y molestias que atribuía a las contingencias de su nuevo estado; el esposo, por su parte, disimuló su flaqueza haciendo picarescas alusiones a sus transportes conyugales. Pero al cabo de cierto tiempo consideraron improrrogables ciertos deberes, consultando a un médico. El pobre esposo trató de simular una neurastenia, atribuyéndole su impotencia; fácilmente se le hizo desistir de su irrisoria simulación, demostrándole tratarse de una simple inhibición psíquica, curada tras breve tratamiento, con visible regocijo de los cónyuges.
En la lucha entre los sexos, son frecuentes las disimulaciones de enfermedades. Hombres y mujeres, en vísperas del matrimonio, suelen disimular cuidadosamente sus enfermedades, temerosos de perder un buen partido. Muchas veces el médico se ve precisado a ser cómplice de esas disimulaciones, pues consultado sobre el estado de salud de los novios el secreto profesional le obliga a no revelar los males de que los asiste. Una joven, durante las primeras visitas de su prometido, padecía de terribles cefalalgias; durante horas la joven sufría en silencio sus dolores, simulando una jovialidad que, de rato en rato, desaparecía para dar lugar a muecas irreprimibles y a alguna lágrima. Más tarde, cuando la confianza sobrepúsose a la tiranía de la etiqueta, confesó sus simulaciones, agregando que obedecían al temor de ser abandonada si la hubiesen sospechado portadora de males mayores que los verdaderos.