Últimamente no nos quedaba más que el patrimonio de nuestra legendaria historia, el valor y el honor proverbiales, que se comprometieron y se han eclipsado en la última guerra.

Adornaban el carácter de la nación española, la hidalguía castellana, la tenacidad de los aragoneses, el ingenio catalán, la constancia valenciana, el entusiasmo andaluz, la audacia extremeña, la caballerosidad manchega, la fidelidad de los gallegos, la lealtad de los asturianos, la nobleza de los vascongados, la fortaleza de los navarros, es decir, todas las virtudes cívicas elevadas por la fe y por el valor de todos al heroísmo que había hecho del pueblo español, un pueblo católico, noble, invencible, porque obedecía á los supremos ideales de la religión, y á las leyes de la justicia y del honor.

Con la invasión de las doctrinas revolucionarias é impías ha perdido España su espíritu nacional; y con la propagación de la secta masónica y de los errores del liberalismo, se han desterrado la mayor parte de las virtudes públicas y privadas, que eran nuestra gloria; y el carácter español ha degenerado tan notablemente en el siglo actual, que ya es completa nuestra decadencia.

Cuando teníamos el espíritu, las virtudes y el carácter nacional, nunca nos faltó la fuerza para vencer á nuestros enemigos.

Ahora, un pueblo de mercaderes, inícuo y egoista, nos ha envuelto con su astucia y con su fuerza abrumadora y medios nefandos nos ha vencido.

España no podía sufrir mayor humillación que la de caer á los pies del pueblo americano, ni éste, en su codicioso orgullo, ha podido tener satisfacción más completa que la de despojar á nuestra patria de sus ricas colonias, injuriar sus blasones y marchitar los laureles de su historia.


Para conocer la verdad de estas aseveraciones, conviene tener á la vista un resumen de la pequeña historia de los Estados-Unidos, que nos dará una idea de sus tendencias, de su espíritu y de su carácter nacional.

Los españoles habían ya prodigado por muchos años su sangre, su valor, su ilustración y su caridad en América para convertirla á la religión, civilizarla y someterla á la soberanía de España; cuando llegaron al Norte los primeros emigrantes de Inglaterra que, como los de otras naciones, iban en busca de las riquezas del Nuevo Mundo.

Conocida la fertilidad de aquellos inmensos territorios, Jacobo I, dió en 1606 en cartas patentes á la Compañía de Londres, la parte meridional y la septentrional á la de Plymouth: estas Compañías fueron el plantel de las colonias inglesas, y fué desde el principio la más importante la formada por los Padres Peregrinos de Nueva Inglaterra, célebres puritanos que salieron de su patria en el buque Flor de Mayo.