Y para acabar estas consideraciones, sólo diremos: que con razón alaban los impíos, los masones y muchos liberales á los Estados-Unidos, porque allí, como el Estado no tiene religión, ó se contenta con la natural, se pueden difundir los errores monstruosos y hacer las mayores barbaridades, si se guardan las formas, no teniendo la inflexible censura de la Iglesia, que es la que en todas partes aborrecen hoy los amigos de la conciencia libre.
Después de que expongamos todo lo que es preciso decir en esta ocasión de nuestros enemigos, veremos si queda en España un hombre de buen sentido y de juicio sano, que crea en la justicia de los elogios hechos á los Estados-Unidos.
Completaremos este cuadro con algunos datos históricos relacionados con la guerra que empezó por arrebatarnos la isla de Cuba.
Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba á los Estados-Unidos. Los presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado la conveniencia de esa adquisición.
M. Adams preveía bien la dificultad de la anexión por medios violentos, y no queriendo malquistarse con Inglaterra y Francia, dispuestas ambas á impedir que por la fuerza fuera arrebatada Cuba á España, ofreció á nuestro gobierno un empréstito importante, hipotecando las rentas de la isla; y cuando se llegara al trance de la quiebra, tener ocasión de apoderarse de la hipoteca.
Los cálculos de Adams le salieron fallidos, pero no por esto los políticos yanquis desistieron de su propósito, sino que esperaron la oportunidad para con mayor instancia renovar sus ofrecimientos.
Esta oportunidad la vieron en 1848, cuando la mayor parte de las naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y el embate del huracán azotaba á España, entonces el ministro norteamericano en Madrid, M. Saunders, recibió el encargo de reiterar las proposiciones de Adams, ofreciendo 100 millones por la isla de Cuba.
M. Saunders, que conocía bien la diferencia que hay entre un yanqui y un español, no se atrevió á cumplir el encargo, y fué preciso que Buchanan le amenazara con la destitución para insinuarse al general Narváez, que era presidente del Consejo.
El duque de Valencia, dice el ilustrado cronista que nos ofrece estos datos, supo reprimir la impetuosidad de su carácter, y á pretexto de que él no entendía de estas cosas, envió á M. Saunders al marqués de Pidal, ministro de Estado.