En la primera entrevista se mostró muy diplomático, pero en la segunda creyó que podía arrojar la careta diplomática y contestó al embajador de los Estados-Unidos:
«No me es permitido oir hablar de este asunto: ¡húndase Cuba en el Océano: cúbranla las olas antes de cederla á otra potencia!»
En 1853 reanudóse la interrumpida gestión por otro ministro del gobierno americano, M. Soulé, que era un francés naturalizado, y aunque de algún talento, le faltaba la prudencia, y por esta causa fué muy desairado en Madrid y advertido por su gobierno, de que no empleara las amenazas contra los altivos españoles.
En 25 de Abril de 1854 recibió plenos poderes del presidente para negociar con el gobierno de S. M. católica la cesión de la isla de Cuba á los Estados-Unidos, ofreciendo hasta doscientos millones de duros.
En momento más intempestivo no podían haberse otorgado semejantes poderes. El desairado embajador creyó llegada la hora de intimidar á España con tremendas amenazas y dijo, escribiendo al ministro de Estado, M. Marcy: que era necesario recurrir á la fuerza para obligar al Gobierno de Madrid á entrar en negociaciones.
Más cautos y conocedores del carácter español, el presidente y el ministro de Estado, insistieron en que sólo por el camino de la moderación y de la prudencia se podría llegar al término apetecido.
Mucho después, el presidente Jonson, en su mensaje del año 1867, dijo: «Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los estados del continente, incluso el nuestro; convengo también con ellos en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la gravitación política.»
Y Cleveland, en el mensaje del 96, decía: «Se ha sugerido al gobierno la idea de que los Estados-Unidos podrían comprar la isla: ésta sería digna de consideración si se encontrase España dispuesta á discutir este punto.»
El sucesor de Cleveland, Mac-Kinley, no debió ver las cosas y los últimos gobiernos españoles del mismo modo, cuando se volvió á hablar de nuevas tentativas de compra-venta, hasta que por fin debió pensar con los suyos: que era más breve el tomarla de cualquier modo.
Cerca de un siglo han estado los norteamericanos ambicionando la isla de Cuba. De sus costas, y particularmente de Nueva-York, salieron sesenta y tres expediciones filibusteras para fomentar y sostener las insurrecciones, tan ruinosas y mortíferas para la isla, como para España.