Ahora, sin que nadie pretendiera estrechar los límites de sus fronteras, ni impedir su comercio, ni turbar la paz interior de sus Estados, construyeron buques, no para su legítima defensa, ni para llevar los productos de su industria y de sus feraces campiñas á otras regiones, sino para extender su poderío por todas partes.
Han querido aumentar sus riquezas monopolizando los productos de otros países, que han robado á su legítimo dueño: al derecho de la libertad unen el de la fuerza y el de la conquista: han dedicado sus buques á la piratería, y sus ciudadanos libres serán en adelante mercenarios del imperialismo.
Este es el principio de la degeneración de un pueblo, que pasaba por modelo de las naciones civilizadas.
No con razones propias ó inventadas confirmaremos nuestros juicios, sino con los testimonios de un honorable norteamericano, publicados en el Atlante Journal.
M. Dupout Guerry, ha juzgado la conducta del gobierno y del pueblo americano, y empieza por calificar la guerra con España como el crímen del siglo.
No disculpa las faltas cometidas por los españoles en las colonias, y dice: «que los Estados-Unidos, con más rápidos y efectivos procedimientos, han llevado á cabo el robo, el asesinato y el incendio, en incomparablemente mayor escala.»
En cuanto á las causas de la guerra, afirma: «que los americanos tenían interés en que el conflicto no acabara por las vías pacíficas. El mágico resorte de tan diabólico invento, no era otro que la sed de lucro y el ansia de dominar. Cuba es rica y fácil presa. Nuestro gobierno que es un fragil mandatario, tenía que proporcionar destino á el ejército de desocupados, á la carne atrasada, á los patrióticos negociantes y derramar beneficios en forma de comisiones y grados á toda la caterva de talentos ignorados, tanto civiles, como militares, que no habiendo podido entrar en el reparto consiguiente á un cambio de administración, hacen casi imprescindible una guerra que les ponga en el caso de ofrecer sus servicios al país y de que el gobierno aproveche sus aptitudes y salve sus compromisos.
»Las causas apuntadas, continúa diciendo M. Guerry, no son las únicas responsables.
»Para desgracia de la paz, hay cierto eclesiasticismo en este país distinto del existente en España y en Cuba. Hoy, como en los tiempos de Adisson, profesamos la religión del odio y no bastante la del amor. La ocasión presentada al protestantismo para atacar al catolicismo en uno de sus baluartes, era ciertamente extraordinaria, sino providencial, y por tanto, no debía desperdiciarse. Tentación era ésta demasiado fuerte para los ministros de las sectas, por lo que unieron sus voces al universal clamoreo por la guerra á todo trance, sin reparar en medios ni pretextos.
»Para tan laudable fin se inauguró una política de difamación contra España, acompañada de las más efusivas expresiones de admiración por los insurrectos de Cuba, y de amenazas de reconocimiento de beligerancia y de intervención por parte de los demagogos de ambas Cámaras y de la prensa jingo, todo lo cual encontraba eco fiel en las columnas de la prensa protestante y en la voz de sus ministros. ¿Qué resultaba de todo esto? Que España se atemorizaba, la insurrección cobraba nuevos vuelos y la guerra civil, con toda su secuela de horrores, se prolongaba de hecho, cuando nó de propósito.