»Sin impedir el filibusterismo, á pesar de la amplitud de nuestros medios, antes bien, bajo la máscara de amistosa visita, el gobierno envía el Maine á la Habana, intimidando así á una parte y animando á la otra. Acaece la destrucción del acorazado y la pérdida de la mayor parte de su dotación, y el partido de la guerra echa toda la responsabilidad de la catástrofe encima (¿cómo no?) de España. La humanidad se estremece á la noticia del suceso.
»En vano España, ansiosa de paz y temerosa de las consecuencias de una ruptura, paralizada de terror por tan malaventurada ocurrencia, propone una investigación mixta, el arbitraje, cualquier cosa, en fin, que el interés de la humanidad y la justicia puede sugerir. Pero en los Estados-Unidos prevalecen otros sentimientos y el partido de la guerra ve con satisfacción el pretexto que buscaba. Á la proposición de arbitraje se responde con el nombramiento de una comisión investigadora, escogida de antemano para que condene, y sin embargo, esa comisión no se atreve á condenar por falta de pruebas. Gran desencanto y no poco embarazo causa tal decisión. Pero se impone la guerra, con causa ó sin ella, y ya que España no se resuelve á declararla, forzoso es que lo hagamos nosotros mismos, pues la misma ausencia de motivo por nuestra parte hace la idea de la paz más intolerable.
»La codicia, la ambición de mando, la hipocresía religiosa, siempre á la altura de las circunstancias, saben colocarse por encima de las naciones en el terreno de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, obligan á una nación á ir contra su voluntad y sin fuerzas para medirse con tan formidable adversario. Nuestro caballeroso y cristiano presidente concede á su débil y temerosa hermana la reina regente, como él cristiana, tres días para evacuar por completo la isla, á pesar de que bien sabía ser cosa imposible de ejecutar, y por el crímen de dar á nuestro representante sus pasaportes antes de que empiecen las hostilidades, para que su retiro de España sea menos peligroso, precipita la guerra antes del período por él designado.
»El único y declarado objeto de la guerra era, por nuestra parte, la pacificación, liberación é independencia de Cuba, «tan cercana á nuestras playas.» Después de todo, este objeto podía haberse alcanzado más fácil y prontamente, con más lógica y menos gastos de sangre y de dinero. El plan era sencillísimo: concentrar en la isla y sus aguas nuestros ejércitos y escuadras. Pero no. El primer golpe en defensa de Cuba, de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, hacía imperiosa la destrucción de la escuadra de Montojo y la matanza de sus hombres, que no estaban en aguas cubanas ni americanas, sino en Manila, en los antípodas respecto de Cuba y del centro de nuestro gobierno. Después de Dewey toca el turno á Sampson, quien, no hallando flotas que combatir, bombardea á San Juan de Puerto Rico, pues el «entusiasmo por la humanidad es irresistible». Viene luego la gloriosa conquista de Guam, cuya guarnición y habitantes no saben que hay guerra en existencia, y tomando el bombardeo por saludo amistoso, se excusan de no poder contestar por falta de pólvora.
»No quedando escuadras que destruir, y en nuestro poder Cuba, Puerto Rico, Guam, etc., nos disponemos á atacar á España en su terreno. Y gracias á que pidió la paz, no sin haber nosotros suspendido operaciones en Cuba para dirigirnos á Puerto Rico á toda prisa, pues no había tiempo que perder.
»Y nos glorificamos y damos gracia á la Providencia por haber vencido á una nación pequeña, pobre en comparación nuestra, cargada ya de pesadísima deuda; sus ejércitos mal equipados y dispersos, sus buques á propósito para servir de blanco á los grandes acorazados de la época, sola y sin amigos en el momento supremo.
»Mejor haríamos en entregarnos al ayuno y abrir nuestros corazones á la penitencia, por los espantosos crímenes cometidos y que estamos aún cometiendo contra Dios y la humanidad.
»Si Bob Fitzsimons, en un acceso de furiosa embriaguez, descargase su brazo contra el primer vecino pacífico que encontrase al paso y después de derribarle le limpiase los bolsillos, tanta ocasión tendría como nosotros de ponderar su valentía y dar gracias á Dios por haber escapado milagrosamente del peligro.»
No hemos querido extractar esta segunda parte del escrito de M. Guerry, por ser elocuentísimo y dar idea exacta del espíritu de los Estados-Unidos y de los intereses que han buscado por medio de la más injusta de las guerras; y aunque la cita resulta extensa, nos ahorra consideraciones importantes para declarar toda la indignación que debemos sentir los españoles contra un pueblo tan poderoso como miserable, tan inhumano como hipócrita.
Y ya que un ciudadano protestante llama á sus compatriotas asesinos, incendiarios y ladrones, bien podemos nosotros, católicos y españoles, lamentar los excesos de la civilización moderna y sentir que nuestro riquísimo imperio colonial haya caído, por culpa de nuestros gobiernos liberales, en las manos groseras de esos vándalos del siglo XIX y por medio del mayor de los crímenes.