No cabe, pues, la menor duda, que por parte de los Estados-Unidos, la única y principal causa de la guerra ha sido la más vulgar, bárbara y desapoderada ambición; y por nuestra parte, el abatimiento en que nos hallábamos y la negligencia de los gobiernos.
España no quería la guerra con la gran República americana, porque estaba cansada de luchar consigo misma, y sólo deseaba se sofocasen las insurrecciones coloniales para reponer sus fuerzas y descansar de las fatigas que le habían proporcionado tantas convulsiones políticas y contiendas civiles.
Pero no pueden gobernar bien una nación, ni librarla con sus prudentes determinaciones de los peligros que la amenazan, aquellos hombres que se han elevado á las esferas del poder por medio de los pronunciamientos, de las intrigas políticas y de sus propias ambiciones.
Es el gobierno del Estado una función de conciencia muy noble y ardua para que la puedan desempeñar debidamente esos hombres, en los cuales, la sed de mandar sólo es igual á su audacia, y ésta es superior á sus talentos por grandes que sean.
El sistema liberal y el régimen de la opinión, que es su engendro propio, no considera estas verdades, y así sobre el pavés de todas las conveniencias y de los intereses sagrados de la patria, de la justicia, de la moral y hasta de la religión, confiere el poder á los hombres que serían buenos en sus profesiones, pero que como gobernantes no pueden ser más calamitosos para los pueblos que tienen que sufrirlos.
Ni el señor Cánovas del Castillo con sus energías personales, ni con sus despreocupaciones el señor Sagasta, han hecho otra cosa que debilitar la nación, hacerla víctima del caciquismo y de la inmoralidad, y exponerla, primero á las injurias del Norte de América y después á su ambiciosa rapacidad.
Esos hombres que nos han empequeñecido, esos estadistas que nos han arruinado, esos políticos que no han sabido gobernar á España, ni conducir la nave del Estado por entre los escollos para librarla de un inminente naufragio, ignoraban, sin duda, aquellas consideraciones políticas del conde de Mirabeau: decía este revolucionario del siglo pasado, que constando á un gobierno los malos propósitos de otro, sin más motivos, lo debía tener como enemigo y como si la guerra se hubiese declarado.
Este pensamiento no tiene novedad alguna; es la antigua sentencia que dice: si vis pacen, para bellum.
Nuestros imprevisores y falsos gobernantes han venido haciendo todo lo contrario.
Como si hubieran conquistado al mundo y puesto en paz toda la tierra, y ceñido sus frentes con el laurel de victorias inmortales, no cuidaban más que de las cosas de la paz, de dar y de conceder todo lo que no alterase la paz, como si no tuviéramos enemigos antiguos y ejemplos recientes de sus malos propósitos; como si todos los hombres se hubieran convertido en corderos en la península y en las colonias; como si las malas doctrinas y sectas perversas no fomentaran las insurrecciones, y como si los Estados-Unidos hubieran desistido de querer la posesión de Cuba; así no venían pensando nuestros gobiernos en otra cosa sino en vivir pacíficamente y en hacer la felicidad de España con el turno pacífico en el poder; con estos mansos propósitos, ordenó el señor Cánovas allá por el año de 1878, se hiciera el convenio de Zanjón, para acabar con la insurrección de Cuba, ya casi vencida; pero por dicho convenio no se extinguieron los gérmenes de las futuras, que quedaron alentados con el precio y la forma de la pacificación y con los honores dispensados á los principales jefes.