Con idénticos propósitos concedió por aquella fecha á los Estados-Unidos todas las ventajas comerciales, y algunas políticas que le pidieron en Cuba, y pagó todas las indemnizaciones exigidas.

Con el mismo fin de conseguir la paz, otorga muchos años después, el propio señor Cánovas, las reformas que había considerado inconvenientes para la isla y paga la célebre indemnización Mora: y ya durante la última insurrección parece que no se propone otra cosa más que evitar rozamientos con los norteamericanos y no darles el menor pretexto para una declaración de guerra: por este motivo se siguen atendiendo todas las reclamaciones que hacen, y á gusto de ellas se resuelven las cuestiones de la Alliance, del Competitor y del Laureada: y aunque el gobierno español sabía que continuaban saliendo de los puertos americanos nuevas expediciones para Cuba, no presenta reclamación alguna al gobierno amigo, que las consentía, si no las autorizaba; y en cambio da severas órdenes á los comandantes de los buques de guerra para que sean muy prudentes y no se repita el caso del crucero Conde de Venadito.

Mientras que esto sucede en Cuba, tenemos la suerte de que un valeroso caudillo apague en Filipinas la hoguera de la insurrección que dejó encendida el general Blanco; pero como habían de venir para España todas las desgracias juntas, el afortunado vencedor de los tagalos fué sustituído por Primo de Rivera, que en vez de acabar de extinguir el incendio y de aventar las cenizas, las cubrió con el pacto de Biagnabató, para que los traidores, reconocidos en él como jefe, pudieran en adelante, con más prestigio, encender otra hoguera más espantosa.

La paz de Filipinas se celebró oficialmente, sin regocijo público.

La nación no podía alegrarse con la paz comprada por ir perdiendo toda la confianza en los gobiernos que no le daban la paz verdadera.

Por entonces se oyó en Zaragoza una voz anunciando que la autonomía era la paz.

El asesinato cometido en Santa Agueda da á esa voz el poder de conceder la autonomía á Cuba y de proporcionar la paz deseada; y allí se mandó al general Blanco, y la paz ni se encontraba en la manigua, ni aparecía en las cumbres de las montañas, ni nadie la veía por los horizontes del mar.

Pero, al par de todo, nada había que temer: el marqués de Peña Plata estaba ya en la Habana; Primo de Rivera en Manila; Sagasta en Madrid, presidiendo el Consejo de Ministros y Moret era ministro de Ultramar; el partido liberal manda, la masonería impera, la nación calla, y la prensa, que había censurado acerbamente al general Blanco, nada dice.

Es verdad que no teníamos formidables escuadras cuando se van á necesitar, porque los presupuestos extraordinarios destinados para ellas, los gastó en parte Beranger en compañía de otros ministros y con aprobación de Cánovas, y el resto lo hechó al agua.

Después de todo, estábamos mejor sin acorazados, sin fortificar los puertos, sin artillar nuestras plazas de guerra y sin preparación alguna.