La paz no había de alterarse: así lo decía Moret, lo declara oficialmente el Gobierno, lo creen los ministros, como Bermejo, aunque todos los españoles, que no habían perdido el sentido común ni el decoro nacional, entienden, ven, temen y esperan otra cosa.

Nos hallábamos en el período más crítico y veíamos que los gobiernos de España cuidaban mucho de no dar pretexto alguno á los Estados-Unidos; y contra todo lo que era de esperar del carácter español y de nuestra historia, sufríamos toda clase de injurias, humillaciones y exigencias fuera del derecho, de la justicia y de las leyes del honor, llegando hasta consentir una especie de intervención á favor de los reconcentrados; y apesar de todo, el gobierno no puede evitar la guerra.

¿Fué ésta un fenómeno sin causa proporcionada?

No: que como hemos visto, existían las causas morales de la misma: la ambición creciente de los norteamericanos por poseer á Cuba y nuestra debilidad, mayor cada día para poderla defender.

Entre los Estados-Unidos y España estaba Cuba: los primeros se iban cansando de no hallar ocasión oportuna para apoderarse de ella; la segunda la venía defendiendo con tenacidad é inmensos sacrificios; porque sobre ella era su soberanía legítima y representaba á la vez las glorias pasadas. Si bajo la bandera española prospera la autonomía y termina la insurrección, ya se les quitaba á los Estados-Unidos el pretexto para intervenir y se les hacía más remota la esperanza de apoderarse de la isla.

Mas se iban á eclipsar las glorias de España y á derrumbar su imperio colonial, y sólo restaba una esperanza á los que temían estos grandes males: la diplomacia podía impedir la injusta agresión que los Estados-Unidos tenían ya anunciada y dispuesta contra España.

Tratándose de evitar una cruenta lucha y un robo internacional, nada más justo y conveniente que la intervención de las grandes potencias por medio de sus diplomáticos, representantes del derecho, del poder y de la justicia de las naciones civilizadas.

En efecto: los diplomáticos se mueven, toman en consideración la gravedad del asunto, reciben instrucciones de su gobierno y se reunen en Washington los representantes de las grandes naciones de Europa; y recibidos con las formalidades republicanas por Mac-Kinley en su gabinete de la Casa Blanca, todos juntos, como buenos amigos, exponen sus pareceres y al fin acuerdan:

Que verían con satisfacción que los Estados-Unidos desistieran de mandar á España su ultimatum, porque no hallaban las razones de justicia ni de derecho internacional, ni aun de conveniencia, por las cuales se pudiera despojar á una nación de parte de su territorio, sobre el cual era legítima su soberanía y que podía conservar en paz, si en el mismo no se fomentaran las insurrecciones.

No conformándose con este parecer el representante de la Gran Bretaña, todos retiraron sus notas y alegatos, manifestando que sus gobiernos se declararían neutrales y dejaban en libertad al de Washington para que ejecutara la redención de Cuba, según la resolución conjunta del Congreso federal.