¡Qué decepción tan amarga debieron sufrir todos los que habían puesto alguna esperanza en la diplomacia europea!

Hace más de dos siglos que ésta no es lo que fué en los pasados; amiga del derecho, defensora de la justicia y amparo de los débiles contra las arbitrariedades de los fuertes.

La diplomacia actual no es lo que fué cuando la Europa formaba la cristiandad bajo la influencia y la dirección suprema del Romano Pontífice: ahora no es más que el órgano de los intereses materiales y de las arbitrarias é injustas aspiraciones de las grandes potencias; en sus congresos no se respeta la moral, la justicia no se conoce y el derecho se mide por la fuerza que representa cada nación y por los intereses que pueden contrariar ó favorecer.

Ante el imperio de la fuerza, en este siglo de la libertad, del progreso y de la civilización, los débiles han sido condenados á muerte ignominiosa; el derecho de conquista reclama sus fueros y la guerra dará la paz á el mundo cuando las grandes potencias se hayan destrozado ó se informen del espíritu católico, que ciegamente rechazaron.

Aunque muy desventurada, hoy más que ayer, es España una nación noble y generosa; la falta de sus hijos le han causado enormes daños; pero sus enemigos nada tenían que temer de ella ni ha ofendido á sus adversarios; y no obstante, es abandonada por las potencias en el más grave conflicto.

Y ciertamente, la nación de la fe y del honor ¿qué podía esperar de la pérfida Albión, del luterano imperio de Alemania, de la cismática Rusia, de la judaizante Austria, de la Francia masónica y del sacrílego reino de Italia?

Á las causas de la guerra que hemos reconocido, hay, por consiguiente, que agregar la de la culpable indiferencia ó complicidad de Europa; así, pues, la guerra más inícua de este siglo se ha verificado por la codicia insaciable de los Estados-Unidos, que no conocen la justicia; por la degeneración de España, que se ha apartado de las vías de la justicia; y por el absurdo egoismo de la culta Europa, que la mueve á obrar contra la justicia.


Si un gobierno no es la suma de todas las inteligencias de la nación, y de todos los sentimientos patrióticos y de todos los intereses legítimos, y no es moralmente superior á todos los súbditos, entonces es una autoridad nominal y el mayor enemigo del Estado; porque ocupa un lugar preeminente que no corresponde á la ignorancia, ni al egoismo, ni á la ambición, y mucho menos á la impiedad y á las pasiones, que jamás se encumbran en un pueblo sin atraer sobre él todo género de perturbaciones y de infortunios.

Es evidente que el pueblo español tiene más espíritu de sacrificio, más virtudes y más inteligencia que sus gobernantes; por esta causa es más honda cada día la separación que existe entre el gobierno y los gobernados. Éstos conocen el engaño de que son víctimas y dejan vacíos los comicios. No sienten la derrota de un Ministerio porque saben que será peor el siguiente. Vieron venir sobre España toda clase de adversidades y clamaron por el remedio que no se ponía; y cuando se le han pedido sus bienes y sus hijos los han dado generosamente á la patria, mientras que á los gobiernos les importa poco que sucumba todo por continuar en el poder.