Y no se diga que cada nación tiene el gobierno que se merece; porque España, ni es digna de los gobiernos liberales que la han pervertido y arruinado, ni los viene sufriendo, sino como una calamidad impuesta, que cada año se hace más insoportable.

Mucho ha degenerado la nación española, pero en gran manera se equivocan los que la juzgan por sus gobiernos, sus cómplices y amigos políticos.


Los peritos en una materia nunca deben equivocarse; y los arquitectos que han trazado el plano de un edificio, si después no saben darle la solidez necesaria, dejan á otros la dirección de la obra; lo mismo debió hacer el gobierno sagastino cuando se equivocó en el asunto tan importante, como fué el de la paz, y no pudiendo consolidarla, debió al momento entregar el poder en manos más acertadas.

No estando preparado para la guerra, jamás debió emprenderla; pues gobierno desprevenido es siempre vencido: y si la pretensión de los americanos hizo necesaria la guerra, á la fuerza debió, por lo menos, oponerse un Ministerio de fuerza, ya que no la dictadura, como las circunstancias lo exijían: y este fué el segundo desacierto que se cometió por los políticos, ya fracasados en lo de la autonomía cubana, dada sin oportunidad y sin necesidad verdadera.

El tercer desacierto, más graves que los anteriores, fué el aceptar la guerra, no con ánimo de vencer, pero ni siquiera con el de la defensa necesaria, sino que como después se ha visto claro, el gobierno fué á la guerra para llegar á la paz por cualquier camino. En este sentido, España fué entregada al poder de sus enemigos implacables, y no pudo hacerse la paz contando siquiera con alguna condición favorable, como la de la resistencia posible que hubiera quebrantado las fuerzas del enemigo.


Los que atraviesan los mares llevando sus mercancías á países lejanos, fian sus vidas y sus intereses á la pericia y desvelo de los pilotos; y éstos, al emprender la navegación, tienen á la vista no sólo las rutas generales y las cartas marítimas, sino también las predicciones que desde sus observatorios hacen los sabios naturalistas: y de igual modo confían los pueblos sus intereses y su seguridad á los gobiernos que dirigen la nave del Estado: y los gobernantes han de ser tan prácticos y entendidos en el arte de la política y han de tener tan presente los dictámenes de la ciencia y las enseñanzas de la historia y de los hechos, que puedan con seguridad evitar y salvar los escollos que en la marcha de los negocios públicos se presenten.

No haciéndolo así, ó son gobernantes torpes, que no han debido aceptar nunca la responsabilidad del poder, ó son unos vulgares ambiciosos, que no tienen valor de declarar sus equivocaciones y de sacrificarlo todo al bien y á la salvación de la patria.