La nación española, más por las necesidades del momento, que por expontánea voluntad, tuvo que poner su confianza en el gobierno que le prometía la paz, evitando la guerra, al resolver el problema de Cuba.

Mermadas sus fuerzas, consumidos sus capitales y muriendo sus soldados en lucha insidiosa y fratricida, el pueblo español anhelaba el término de los sacrificios que estaba haciendo por el honor y la integridad de la patria, y no quería la guerra con los Estados-Unidos, sino en cuanto fuera la conclusión de todos los males que venía sufriendo.

El gobierno, no obstante las injurias, las notas y los mensajes de la República norteamericana, seguía creyendo en su buena amistad; y entonces fué cuando de improviso se presentó la guerra como una tempestad formada por las densas nubes que se veían en los horizontes, y que impelidas por los vientos huracanados llevan la desolación y la muerte á las comarcas que invaden.

No estaba España colocada bajo los pararayos de las alianzas políticas, ni tenía de su parte la diplomacia europea, ni se hallaba protegida por los diques de poderosas fortificaciones, ni dispuesta para luchar con éxito favorable contra un enemigo temible y alteramente preparado para asegurar sus triunfos: en tan grave situación, un gobierno, por poco prudente y patriótico que fuera, nunca debió dejarse sorprender, como fué el nuestro sorprendido, ni aceptar una guerra que él sólo sabía los grandes desastres que iba á traer sobre nuestra patria.

En la memoria de todos los españoles quedarán impresos los tristes recuerdos del más grande de los desastres que ha sufrido nuestra patria, y la historia imparcial consignará, que muchos de ellos se originaron por el miedo monumental con que fué á la guerra el Gabinete de la paz, presidido por el H.·. Paz.

Tuvo miedo por lo grave del conflicto: temía, como mal padre, á sus hijos los españoles, y le faltó valor para abandonar el poder: no faltó al Ministerio más que el miedo suficiente para morirse de vergüenza.


Cuando se forme un verdadero juicio de los actos de nuestros últimos gobiernos, entonces admirarán y espantarán los desaciertos por ellos cometidos, los tesoros dilapidados, las vidas inútilmente sacrificadas; entonces se pondrán de manifiesto las previsiones del almirante Cervera, que en tiempo oportuno advirtió al gobierno las deficiencias que había en los buques, la necesidad de estar preparados y de llevar un plan si habían de salir para las Antillas y no exponerse á un desastre inevitable; entonces se verá cuán grande fué la disciplina de nuestros marinos y el valor de los Comandantes de los buques, que conociendo que iban á hacer un sacrificio inútil y á dejar indefensa la península, cuando se les dió la orden, allá fueron á morir heróicamente; entonces se ha de conocer mejor lo que dijo el señor Silvela: que por parte del gobierno la guerra no fué guerra, sino un duelo á primera sangre, para salir del paso y salvar la vida de las instituciones; entonces se verá cumplida la horrible sentencia de los liberales, que decían: sálvense los principios, aunque se pierdan las colonias.

En efecto: las colonias se han perdido, pero los principios no se han salvado; porque el fracaso del liberalismo y de los gobiernos liberales ha sido completo al dejar á España desmembrada y arruinada.