Cuando los americanos limpiaban los fondos de sus cruceros y acorazados y tenían estacionada en Hong-Kong una fuerte escuadra, y disponían numerosa flota auxiliar de trasatlánticos y trasportes de todas clases; cuando alistaban sus regimientos de voluntarios y formaban sus campamentos cerca de nuestras colonias; cuando tenían bien abastecido sus depósitos de municiones de guerra y llenos de provisiones de boca sus almacenes; cuando por medio de sus cónsules y emisarios se habían informado de todos nuestros escasos medios de defensa y del abandono en que se hallaban las fortificaciones de nuestras plazas más importantes; y cuando no sólo de Cuba y de Puerto Rico, sino también de Filipinas conocían el estado de sus puertos y las débiles escuadras con que podíamos defenderlos, entonces el seducido y confiado pueblo español se entregó por espacio de algunos días á los entusiasmos bélicos, y paseando nuestra bandera al compás de la Marcha de Cádiz y haciendo gala de sus colores, asistía á las corridas de toros y á toda clase de espectáculos, que se convirtieron en patrióticos; entonces con esos derroches de patriotismo liberal y con llamar puercos á los americanos y extender por todas partes las caricaturas del tío Sam, y con criticar y burlarse de la organización militar de los Estados-Unidos y de que sus voluntarios hacían con palos el ejercicio por no tener fusiles; con todos estos recursos y dosis de buen humor y aventurados juicios, que hacían hasta los periódicos más serios y de mayor circulación, creyeron muchos ilusos y algunos cuerdos que íbamos á defendernos de los yanquis y á darles una tremenda zurra.
Preparados y decididos ellos, como hemos visto, y nosotros como estábamos, con un gobierno tan pacífico y que va á la guerra como el más cobarde de los reclutas, ¿quién no había de prever interminables desgracias? Y en verdad, no hubo cordura en parte del pueblo, ni razón, ni buen sentido, ni energía en el gobierno para elevarse á la altura de las circunstancias y calcular: que un enemigo tan poderoso y bien preparado, á pesar de todo lo que se decía para disculpar nuestra imprevisión y vana confianza, no se puede rechazar ni vencer con música y pergaminos, ni con barcos de madera, ni con una administración corrompida, ni con generales masones, ni con ministros inhábiles é imprudentes.
España podía haber rechazado á los americanos, si se hubiera dispuesto para la defensa, levantando fuertes donde era conveniente y construyendo en tiempo oportuno los buques de combate necesarios; si hubiera ahorcado á Sagasta cuando fué por sus delitos sentenciado á esta pena; si hubiera puesto en presidio á Cánovas cuando publicó el manifiesto de Manzanares, que produjo la sublevación de Vicálvaro; si hubiera procesado á Moret y á todos sus cómplices en las malas artes de la política; si hubiera residenciado á los generales, que con sus negligencias y mala administración dejaron en peligro el orden en las colonias; si hubiera fusilado en sus días á todos los jefes y oficiales del ejército que se pronunciaron; si hubiera proscrito la memoria de Riego y demás traidores, en vez de permitir que se venga celebrando con un himno que ha sido heraldo de todos los trastornos sociales; por último, España se hubiera defendido de los yanquis y conservado su imperio colonial, habiendo ella permanecido fiel á su espíritu religioso, á sus leyes y á su carácter tradicional, y no habiendo fomentado en su seno las libertades de perdición, el espíritu liberal y el traidor masonismo, que por medio de los gobiernos degenerados é impíos y de sus cómplices venales y ambiciosos políticos, la tenían privada de todas sus grandezas, de sus nobles energías y de su poder, hasta ponerla en el peligro de los desastres y de las pérdidas más espantosas.
III
Voz de dolor... La guerra y la democracia.—Los bárbaros del Occidente y sus ideales.—Anarquía gubernamental.—El éxodo de la escuadra.—Invocación: primeras víctimas.—Ansiedades.—Preparando la catástrofe.—Santiago... y abajo España.
I existiera en el mundo un pueblo que por el olvido de su historia, desprecio de su religión, divisiones intestinas, dilapidaciones de sus tesoros públicos, conculcación de la justicia y desapoderadas ambiciones, fuera esclavo de todas las concupiscencias y juguete de los más cínicos y audaces ciudadanos, ese pueblo merecería que sobre él cayeran toda clase de males, infortunios, guerras y desolaciones, hasta la más grande humillación, para que recuperara el buen sentido y reconociera sus culpables extravíos, antes de llegar á ser despreciado de sus hijos y de las demás naciones, y objeto de la indignación divina.
Nos causa tristeza reconocer esta verdad; pero ese pueblo existe, y es el pueblo español, que acaba de ser víctima de las más tremendas desgracias y de las mayores expiaciones.
Sólo en parábolas es posible dar á conocer bien las fuentes del dolor que inundan de amargura el corazón de España.