Los bandidos de la comarca de Estatopolis, tenían deliberados propósitos de apoderarse de los bienes que en aquellos lugares poseía un rico noble llamado D. León Castilla. Mientras éste tuvo amigos poderosos y fieles servidores, no se atrevieron los ladrones á penetrar en la hacienda de su vecino; mas cuando por las desgracias de familia fué el gran propietario perdiendo sus amigos y la fidelidad de sus criados, entonces, envalentonados los bandidos, se apoderaron de las ricas propiedades y maltratando al vecino y amigo le arrojaron de ellas como se despide á un huésped intruso y molesto. No es posible ponderar el dolor que sufrió el noble propietario al verse desposeído de sus bienes y tratado de un modo tan inhumano, pues sólo conservó la vida no resistiendo á los depredadores de sus bienes.
La democracia, que según sus apóstoles ha venido al mundo para acabar con la tiranía de los reyes y de sus ambiciones personales y dar la paz á todos los hombres, reconociéndolos como hermanos, iguales y libres, esa democracia es la que proclama injustamente la guerra, y su protagonista ha sido la nación más demócrata del universo: la República federal del norteamérica.
Es evidente que un pueblo sin religión y sin moral verdadera no puede amar á los hombres, ni practicar la justicia, ni respetar la libertad, ni sentir la igualdad: por esta causa, en ninguna nación son más desiguales las fortunas, ni hay más esclavos del trabajo, ni menos caridad cristiana que en los Estados-Unidos.
Para anunciar sus misteriosos designios sobre el mundo, envió el Señor los profetas, y los apóstoles para predicar á los hombres las verdades del Evangelio: para edificar á los pueblos con el ejemplo de las virtudes forma los santos, y para castigar las naciones que prevarican, permite que enemigos poderosos las combatan y humillen.
Esto vemos en la historia y es la ley de la providencia, con la cual Dios gobierna á los hombres y á las sociedades.
La guerra de los Estados-Unidos tiene para nosotros los caracteres de un gran castigo; se ha presentado como inevitable, desgraciada en todos sus accidentes y terrible en sus consecuencias.
El gigante de la América del Norte, armado para la guerra, se levanta, avanza y extiende sus poderosos brazos, uno por el Pacífico, por el Atlántico el otro, para ahogar entre ellos los dominios de España en aquellos mares.
No va como nuestro inmortal Quijote á enderezar entuertos ni á desfacer agravios; sus ideales no son los del Caballero de la triste figura.