Siendo siempre un desembarco muy peligroso cuando el enemigo tiene elementos en el mar, aunque sean poco considerables, los americanos tomaron con razón, como primer objetivo de la campaña, la destrucción de la flota del almirante Cervera, que se había refugiado en la bahía de Santiago de Cuba. Pero no pudiendo franquear el estrecho paso de la entrada, bien defendido por torpedos, ni destruír las baterías españolas, colocadas demasiado elevadas sobre el nivel del mar para ser alcanzadas eficazmente por los proyectiles de la flota, tuvieron lógicamente que recurrir á la acción combinada del ejército de tierra y de la escuadra.
Al principio, según el plan propuesto, la acción debía ser convergente, pero como consecuencia de lo débil de la disciplina, de la carencia de organización, y, sobre todo, de la falta de unidad en el mando y dirección, se prescindió del plan primitivo y se vino á esas acciones divergentes que estuvieron á punto de hacer fracasar lo concebido y comenzado con tanta fortuna. Las circunstancias se hicieron de tal modo difíciles para los americanos, que la cuestión de una retirada honrosa fué planteada.
Les era imposible penetrar en la bahía, no podían apoderarse de las posiciones españolas del E. de Santiago, y el ejército se hallaba aislado de la flota, que era su base de operaciones, careciendo de los objetos de primera necesidad y aniquilándose rápidamente á consecuencia de las enfermedades. En el momento de la rendición de Santiago existían 11.750 enfermos, de los 16.000 hombres que contaba el ejército americano.
En tal momento fué cuando el almirante Cervera, obedeciendo órdenes categóricas venidas de la Habana, salió de la bahía é intentó abrirse paso á través del bloqueo enemigo.»
Cuando un testigo imparcial de los hechos emite juicios tan severos contra las autoridades de Cuba, bien podemos nosotros sentir todas las consecuencias de tales desaciertos; pero al sentirlas debemos expresarlas en la forma propia.
Sea, pues, el resumen de este párrafo la siguiente:
TRAGICOMEDIA
Acto I.—Las escenas se suceden con una rapidez asombrosa en el tiempo y en los distintos lugares.
En Filipinas, se hallan en Subic los cañones á la altura del gobierno español, por el suelo: la bahía de Manila y la isla del Corregidor están casi tan fortificadas como Subic; pero en cambio el almirante Montojo sale con su escuadra á tomar posiciones y á impedir, como un espartano, la entrada en la bahía al desequilibrado Dewey, como le llamó El Imparcial.
Hay por todas partes gran expectación.