En Madrid, el primer actor, nada teme: ha mandado.... de paseo á Woodfford y descansa en su poltrona tranquilamente.

El público se impacienta porque no adivina el argumento de la tragicomedia.

Allá en lontananza, hacia el Oriente, se ven unos barcos pesados y de poco andar que entran en la gran bahía de Manila y se dirigen á Cavite. La escena, contra todas las reglas del arte, queda desierta.

Las sombras de la noche impiden que se vea lo que pasa en el escenario.

Suenan primero unos cañonazos, y después todo queda en silencio....

Cuando con sus arpadas lenguas y alegres trinos empiezan los cantores pajaritos á saludar la alborada del primer día de Mayo, se oyen terribles descargas de gruesa artillería, y los rayos del sol, que despuntan por el Oriente, iluminan una espantosa catástrofe. La escuadra de Dewey destroza é incendia á mansalva la del contraalmirante Montojo, que para salvar á lo menos el honor, hunde en el fondo del mar sus ardientes barcos.

Los espectadores quedan aterrorizados porque ya han visto el principio del fin, y oyen los lamentos de los moribundos.

Acto II.—El escenario representa los horizontes brumosos del Occéano Atlántico.

Todos los asistentes miran y remiran, con extraordinaria fijeza para descubrir el rumbo de una escuadra que salió de Cabo Verde.

Ni los del viejo, ni los del nuevo mundo, ven por donde va, ni por consiguiente á dónde se dirige: unos creen que la han visto hacia el Oriente por el Cabo de Buena Esperanza; otros la suponen en las costas meridionales de los Estados-Unidos, y como pasan días sin que nadie la divise, la llaman la escuadra fantasma.