El coronel Escario no llega en su auxilio: las tropas de Guantánamo no se mueven: el general Pareja espera órdenes superiores: el general Pando ha ido á Méjico y no sale desde la Habana al Oriente con los 30.000 hombres de que hablaron los telegramas.

Linares cae herido, y Toral ve que las nebulosidades aumentan á su alrededor.

El H.·. Paz, tan compasivo y amante de la humanidad, siente desde Madrid la sangre que se ha derramado en Caney y en las lomas de San Juan: lo mismo siente la de los españoles que la de los yanquis, y ve á éstos caer enfermos á millares y que se hallan en una situación apuradísima; y entonces, ó porque llega al extremo su compasión, ó porque ha llegado la hora del desenlace, reune á los ministros y piden la paz á todo trance.

Aunque se había anunciado, no se presenta Mac-Kinley en las aguas de Cuba con el pendón presidencial que le estaban bordando; pero en cambio, aparece en la última escena con el imbroglio del protocolo en la mano, y como lo tiene bien estudiado, lo pasa sin demora á M. Cambon para que se lo envíe á Sagasta.

Todos los personajes se ocultan en una traslogia: el telón se rompe y los espectadores de acá, indignados y llenos de pavor, condenan la tragicomedia.

IV

Voz de desolación...—Las ruinas de un imperio.—La decadencia de una nación.—La fatalidad y el progreso. No hay efecto sin causa.—El fin de la guerra.—Consummatum est.

¿Qué resta de mi ayer? No más que el llanto.
Á mi a afligido espíritu conviene.

Así, en nombre de España, y á la vista de los estragos que había sufrido en la guerra de la Independencia, hablaba un poeta nuestro en una célebre elegía.