Si hoy viviera, es seguro, que no tomaría en sus manos la triste lira para entonar endechas con motivo de la mayor desolación que ha visto nuestra patria.
Es tan luctuosa, que más que el llanto le conviene el silencio.
Más de una vez, no hallando al presente nuestro amor patrio nada que pueda satisfacerlo, hemos abierto antiguos mapas para ver siquiera en las cartulinas la grandeza que tuvo el imperio español.
Los Países Bajos, el Franco Condado, Nápoles, Milán, Sicilia, Portugal, etc., en Europa; en Africa, Orán y otras plazas fuertes; parte de Borneo, Filipinas y otros archipiélagos en la Occeanía; y en América fueron tan extensos nuestros dominios, cual correspondía á la afortunada nación, que la sacara del fondo de los mares.
De tan grande imperio, como de un hermoso palacio arrasado por un ciclón, no quedan ya para España más que las ruínas.
Siempre son sensibles para los hombres las pérdidas materiales, pero las sienten más cuando por sus faltas se ven privados de sus bienes; porque entonces reconocen su ignorancia ó negligencia para la buena gestión de sus asuntos; lo cual es signo de decadencia moral.
Un noble, que ha sido privado de la mayor parte de su patrimonio por un latrocinio irresistible, no es un degenerado; pero si no hizo la defensa necesaria, ó sus mayordomos le dilapidaron sus bienes por su incuria, ó los malgastó en orgías con sus amigos, entonces no sólo es completa su decadencia, sino que además quedan manchados sus blasones por la falta de valor, de inteligencia y de sentido moral que manifiesta.
España es una imagen de ese noble; ella, por los crímenes de los extraños, por las faltas de sus gobiernos y las de sus hijos, acaba de perder cuantiosos bienes, y lo que era más estimable, los timbres de su nobleza y la honrosa fama de su gloriosa historia: por esto yace sumergida en la más profunda desolación.