Para muchos, las vicisitudes por las cuales atraviesan las naciones y que se ven lo mismo en las familias, hoy opulentas y que mañana vivirán en la miseria, son inevitables; porque cierta fatalidad acompaña á las cosas humanas en el mundo.

Para nosotros no existe la fatalidad, ni entre los turcos, los cuales si la admiten como consecuencia de su falso sistema religioso, la rechazan en la práctica, y lo mismo en Constantinopla que en Teheran luchan por evitar la completa decadencia del imperio otomano.

Es muy digno de notarse, que los mismos que en las desgracias apelan á la fatalidad, para considerarlas necesarias y sentirlas menos, son los que más creen en las leyes del progreso moderno.

¿Pero qué es? ¿En qué consiste? ¿Cómo no alcanzan todas las naciones que lo desean ese decantado progreso?

Nuestra patria, por entrar en las vías de los adelantos del siglo, se declaró enemiga de sus tradiciones, y al presente, ni posee la grandeza moral é intelectual de sus antepasados, ni ha conseguido la vida exuberante que en lo político y en lo material tienen otras naciones.

Excepcionales é injustas deben ser las leyes del progreso, cuando los pueblos que gozan de él son moralmente bárbaros é inhumanos; y aquellos otros que no han obtenido sus privilegios, se hallan, cual moribundos próximos á la muerte, y expuestos á ver, como España, su ruína y el engrandecimiento de sus enemigos.


Es necesario apelar á los principios de la filosofía y de la razón para conocer con claridad lo que los hombres confunden por sus pasiones é intereses.

No pocos atribuyen la pérdida de nuestras colonias á los frailes y á no haberles dado en tiempo oportuno todas las reformas políticas que reclamaban.