El gobierno de Sagasta pidió la paz, sin tener ninguna garantía de la magnanimidad de los Estados-Unidos, y firma un Protocolo que resultó un lazo echado al cuello.

Si por el art. 1.º debía renunciar España á su soberanía en Cuba, por el art. 2.º cede Puerto Rico á los Estados-Unidos por gastos de guerra; y por el 3.º sólo se estipula la cesión de una de las islas Marianas y la ocupación temporal de Manila con el famoso controle sobre el Archipiélago.

Las conferencias de París, demostraron la terrible ambición de los norteamericanos y la degeneración de los delegados españoles, que nunca, contra el parecer de la nación y de toda Europa, debieron consentir el injusto despojo, contrario al derecho y á la sinceridad de los tratados.

Convenir en que los Estados-Unidos adquieran las Filipinas por una compensación de 20 millones de dollars, fué el colmo de la debilidad, que los españoles de otros tiempos jamás hubieran tenido.

Ante la felonía de nuestros enemigos, no quedaba otro recurso que el de la protesta, interrumpiendo las negociaciones, y que Europa hubiera sido el árbitro de nuestra causa: todo antes que la deshonra.

Pero el gobierno lo entendió de otro modo; y como no supo defender el territorio, tampoco tuvo valor para salvar la honra de España, y dió ocasión para que le atribuyeran todos los crímenes que se pueden imputar á los hombres sin abnegación y sin carácter.


Los Estados-Unidos no han sido los autores, pero sí han proclamado en París el moderno derecho internacional: el vae victis de los antiguos.

Bien merecía el cerebro de Europa presenciar esta afrenta hecha á la civilización cristiana.

El crímen de este siglo, que empezó por el acto humanitario de la liberación de Cuba (que no se verá libre del dominio de los yanquis) había de ocasionar á España desgracias imponderables, el sacrificio de miles de millones, y lo que es más sensible, la muerte de tantos españoles y el cautiverio infelicísimo de millares de soldados que por otra guerra criminal, sufren en Filipinas privaciones indecibles: debiéndose agregar á todo esto el desprestigio y la humillación en que ha quedado España; cargada, por último, con una deuda espantosa, impuesta en parte por sus enemigos.