Al ponerse el sello á esta obra de grande iniquidad, exclamó el Sr. Montero Rios, según dijeron los telegramas: consummatum est; y en efecto, llegaron á su colmo las desventuras de nuestra patria; se ven arruinados innumerables españoles, otros que vuelven como esqueletos, y el mar queda cubierto de cadáveres, y no hay familia que no tenga que sentir dolor: ya por la desolación, ya por la muerte.

Lloremos duelo tanto:
¿Quién calmará ¡oh España! tus pesares?
¿Quién secará tu llanto?


V

Voz de aflicción...—Males sin remedio.—Culpas de antaño, remordimientos de ogaño y notabilidades obscurecidas.—Continuamos lo mismo.—Todo ha fracasado.—El árbol maldito.—Una esperanza.

AN aflictivas habían de ser para nuestra patria las consecuencias de la guerra, como fueron sus procedimientos y sus principios.

Después de una paz leonina, nos hemos quedado sin las Antillas y sin las mil quinientas islas del Archipiélago magallánico, y al presente, no sólo estamos conformes con nuestras inmensas desgracias, sino que casi casi nos alegramos de ellas, aunque nunca imaginamos que serían tan grandes.