Nosotros, que hemos amado siempre desde el primer horizonte que al nacer vimos en nuestra patria, hasta la última isla del remoto Océano, en que flotaba la bandera española, como fiel testigo de la grandiosa herencia que nos dejaron nuestros antepasados; y hemos sentido la destrucción de las escuadras y los reveses del ejército, ahora estamos, si nó alegres, á lo menos insensibles ante la desmembración y la deshonra de la patria.
¿Cómo se ha obrado en nosotros tan notable cambio?
Se ha realizado, porque nos hemos convencido de que el imperio que se dió á la lealtad y á la fe, no le podían conservar la incredulidad y la rebeldía, ni ser patrimonio de la indiferencia, lo que fué rico premio de la constancia: y hemos visto también, que la pesada mole de un edificio, creada sobre las espaldas robustas de hombres gigantes, no podía ser sostenida por miserables pigmeos; y en fin, porque es cierto, que el honor y la gloria que acompañan á la soberanía legítima sobre las naciones y los pueblos arrancados á la ignorancia y á la barbarie, y civilizados por la religión y las leyes justas, no debían brillar en la frente de los gobernantes que se han degradado por sus bastardas ambiciones y están manchados por sus delitos.
El que es Soberano del universo, quita á los servidores inútiles los talentos que les había dado y los entrega á otros para que negocien con ellos; y del mismo modo traslada los reinos de la tierra de unos á otros pueblos; y el reino, nación ó poder que no le sirva, PERECERÁ.
Ahora sienten muchos que hayamos tenido colonias, porque por ellas nos han venido tantas calamidades. ¡Como si pudieran quejarse los hijos de la rica y noble herencia que les dejaron sus padres, porque no han sabido guardar la una, ni ser fieles á la otra!
Por más de tres siglos hemos poseído pacíficamente nuestras colonias, y con más prosperidad y adelantos que las de otras naciones; si las acabamos de perder con tantos daños de vidas y haciendas y hasta del honor patrio, no se atribuyan estas desdichas al haber sido España una nación colonial, sino al régimen funesto que se entronizó en ella en el segundo tercio de este siglo, y á los gobiernos sectarios é inmorales que han venido corrompiendo y arruinando la peninsula, á la vez que por sus representantes llevaban los gérmenes de las divisiones, sectas impías y malos ejemplos á las colonias, donde siendo, como es natural, más débiles los vínculos del patriotismo y de la autoridad, se habían de romper de un modo cruento al violentarlos nuestros enemigos.
¡Qué grandes responsabilidades han contraído ante Dios y ante la patria, los que por sus culpas y desaciertos perdieron nuestras colonias!
¡Qué delito de lesa nación han venido cometiendo las autoridades y los españoles que llevaron á las colonias la masonería y fomentado en ellas la inmoralidad y el desprecio de la España católica!
Si es cierto, como es notorio que algunos generales y gobernadores se condujeron como masones en Ultramar, y allí, por sí ó por otros, han favorecido las logias de donde brotaron las insurrecciones ¿qué tormentos no sufrirán al presente?