Debieron saber esos infelices, que el fuego de la discordia abrasa más que el de un horno ardiendo, pues éste no quema sino lo que en él se arroja, y el otro se extiende hasta consumir los más grandes imperios.

Á la vergüenza y al dolor presentes, se unirán los anatemas de la historia para todos los culpables.

Y por mucho que se esfuercen en acallar los remordimientos de la conciencia disculpando sus faltas pasadas con las especiosas razones de los males inevitables, nunca podrán impedir que la historia diga á las futuras generaciones: que en el siglo del liberalismo llegó España á la mayor postración y á perder sin verdaderos combates casi la mitad de su territorio; y que tuvo que repatriar un ejército de 200.000 hombres; y que sucumbió su marina, puesta al alcance de los enemigos, como la presa destinada á saciar el hambre de las fieras; y que gastó muchos miles de millones sin fruto y sin haber siquiera alimentado bien á los que la defendían; y que todo esto sucedió cuando un gran masón y liberal cínico era presidente del gobierno de la católica España....

Y añadirá: que en esta obra de la desmembración y de la deshonra de España, le ayudaron otros masones y conspícuos liberales que le precedieron y acompañaron en la gobernación del Estado.

Esos hombres funestos para España, fueron, entre otros, Moret y Beranger, Blanco y Primo de Rivera, Romero Robledo y Montero Ríos, Castelar y Silvela, Martínez Campos y Cánovas del Castillo; éste restaurador civil y el otro militar de la dinastía, que presencia el despojo y la ruína de la nación: y que formaban el ministerio que fué á la guerra y que pidió la paz á todo trance; hombres tan notables como Gamazo y Correa, Romero Girón y Groizard, Puigcerver y el duque de Almodóvar, Capdepón y Auñón: y que estas notabilidades consumaron la obra antipatriótica que había venido preparando el liberalismo auxiliado de la masonería.

Así como á los hombres que fundan un imperio, engrandecen su nación ó con su heroísmo la libran de sus enemigos, se han levantado en todos los tiempos, trofeos, erigido estátuas ó escrito sus nombres en letras de oro sobre los mármoles y los bronces, la historia no tendrá más que páginas amargas y negra tinta para escribir los nombres de aquellos que, salvando los buenos propósitos de algunos, han contribuído á la ruína de la rica, noble y fiel España.

Los nombres de todos los que, durante este siglo han faltado á sus juramentos de fidelidad, hecho traición á la patria, entregándola indefensa al poder de sus enemigos, se podrán escribir como epitafio en el sepulcro de las grandezas españolas.

¡Cuán triste es la realidad!

La mayoría de los españoles siguen viviendo como si nada hubiera pasado, como si la patria no se hallase en la crisis más espantosa, como si muchos de ellos no resultaran culpables de los tremendos castigos que hemos experimentado y de la expiación terrible que sobre nosotros pesa.

Algunos creen que las causas de tantos males sólo tienen ya un interés histórico; y no falta buen número, que por el estado de perversión y falta de sentido moral, no se conmueven por las públicas desgracias; aunque éstas se presentaran á su vista, formando por su magnitud y variedad una montaña tan elevada como los picos del Himalaya.