Por la falta de patriotismo y de amor al bien común, no se ha querido, ni aún se quiere comprender, que la raíz de todos los males que sufre España, se encuentra en el abominable empeño de regirla y gobernarla con los principios y las doctrinas por la Iglesia condenados.

¿Qué frutos puede dar un árbol maldito?

El liberalismo, que ha penetrado hasta en las costumbres del pueblo español, es ese árbol cuyos frutos de perdición nos parecen ahora tan amargos.

Hallábase Napoleón I en el apogeo de sus glorias militares, y cuando puso sus manos conquistadoras en los Estados de la Iglesia, fué excomulgado por el romano Pontífice; y despreciando la excomunión prosigue su obra; mas después llegó á conocer que su mayor falta había sido la de no respetar al Pontífice romano.

Entre las muchas faltas cometidas por la Nación española, ha sido la más grave, la de dejarse dominar por los errores del liberalismo, que la han privado de todas sus grandezas, de sus energías y de sus virtudes cívicas y religiosas; por esta causa no ha tenido ahora valor más que para sufrir sus derrotas y le han faltado alientos para sentirlas y llorarlas.


Los que miran las cosas presentes como hijas de lo pasado y creen en la fecundidad del mal y en la eficacia de la virtud, deben reconocer con nosotros: que en el estado en que se hallaba España, y dada su marcha política, (que por desgracia aún no ha variado) no convenía para nuestro mejor porvenir el triunfo en la pasada guerra.

Al fijarse en lo que acabamos de aseverar, algunos, sin razón, nos tacharán de pesimistas ó faltos de patriotismo.

El primer efecto de la victoria, hubiera sido el consolidar las instituciones liberales y el hacer perpétuo el turno de los partidos con todas las consecuencias de la mayor centralización, del despotismo é imposición de nuevos errores.

El segundo, el aumento de las ambiciones y de la corrupción que siguen á la prosperidad en el mal, y entonces era ya inevitable la total ruína de España; porque el triunfo no nos hubiera dado las fuerzas de los bárbaros, ni las virtudes históricas, que ya no existen en la generalidad; en tanto que ahora, abatidos y humillados podremos levantarnos de nuestra postración, trabajar y hacernos dignos de nuestro pasado y de la misión que tiene España entre las naciones civilizadas.