Czares, Emperadores, Reyes, Presidentes de las Repúblicas, Príncipes y Duques, mandad á vuestros representantes que abandonen el lugar del Congreso, y presididos por el más anciano y respetable de ellos, se dirijan todos juntos al Vaticano, donde está depositada la luz del Cielo, y allí, ante el trono más augusto de la tierra, postrados á los piés del Soberano Pontífice, diga el que preside:

SANTÍSIMO PADRE: Los soberanos de Europa, á quienes hemos venido á representar en las conferencias contra el anarquismo, nos han ordenado oficialmente que nos presentemos á vuestra Santidad declarando:

Que al fin han comprendido la inutilidad de todos los esfuerzos que hagan contra los anarquistas sin la guía y cooperación de la Iglesia Católica, única que en nombre de Dios puede dar la paz á los hombres y á las Naciones.

Reconocen también que una Encíclica de vuestra Santidad, aceptada benévola y fielmente por los gobiernos y los pueblos, puede producir por las luces de la verdad y el bálsamo de la caridad que brotan de la mente y del corazón del mejor de los padres, mayores bienes y más felices resultados que todos los decretos de los reyes más poderosos y respetables.

SANTÍSIMO PADRE: Los gobiernos que representamos, me ordenan que haga confesión de sus culpas ante el sucesor de San Pedro: ellos se arrepienten de todas las iniquidades que han cometido y de los despojos inícuos é inmensos latrocinios que han sancionado; y conocen ya claramente, que toda hostilidad que se hace á la Iglesia de Dios y toda oposición á sus enseñanzas infalibles, se convierten en guerras entre los hombres y llenan de tinieblas al mundo.

La última orden secreta que hemos recibido, la acabamos de cumplir, intimando en nombre de la Europa cristiana al usurpador de Roma, al rey excomulgado Humberto I de Saboya, que en breve plazo abandone esta ciudad y elija otra capital, entre las muchas de Italia, porque nuestros gobiernos se han persuadido hasta la evidencia, de que mientras el Hijo de Victor Manuel esté en Roma, el anarquismo estará en todas las naciones....


¡Pobre y desventurada España! Tú que habías puesto el mayor empeño en asemejarte á esa Europa en la libertad, en el progreso y en la civilización, ya conoces, por lamentable experiencia, lo que puedes esperar de ella en tanto no realice ese acto de reparación y de justicia que hemos imaginado.

Después de la gran iniquidad y del robo sacrílego, triunfante y subsistente, cometido contra el Principado civil y la libertad del Romano Pontífice, ¿no había en toda la redondez de la tierra otros Estados que pudieran ser objeto de un nuevo latrocinio, más que nuestra infeliz España?

¿No hay otras naciones débiles, con ricas posesiones codiciadas por los fuertes?