¿No existen imperios infieles, bárbaros y tiránicos que conquistar y civilizar?
¿Por qué el humanitarismo de los Estados-Unidos y su poder colosal, representante del progreso moderno, se ha levantado contra España para despojarla de sus ricas colonias y hundirla en el mayor abatimiento?
No busquemos la contestación á estas preguntas en los cálculos humanos, ni en los secretos de los gabinetes diplomáticos, ni siquiera en los antros de la masonería cosmopolita.
Todos los poderes del infierno y todas las potestades de la tierra y todas las cábalas de la ambición, no hubieran podido arrebatar á España un islote, ni domeñar por un instante la bravura del león castellano, si España no se hubiera hecho digna de que Dios la abandonara.
Antes que ella, otra nación, que también tuvo reyes santos, fué destrozada por sus enemigos; y España es más culpable que lo fué Polonia, porque ha recibido mayores beneficios y fué más fuerte que Cartago, más grande que Roma, más fiel que la Francia de Carlos-Magno, y fué vencedora de Napoleón; pero ha sido más ingrata y desleal que Inglaterra y que la misma Italia, porque había salvado su unidad religiosa de todos los peligros y la sacrificó al imperio de la Revolución, después de reconocer el sacrílego reino italiano.
Si el más obligado por los títulos de la justicia, de la piedad y del honor á defender al inocente le abandona, es más culpable que todos; y esto ha hecho España, y con razón podemos decir, que por su aquiescencia ha triunfado en el mundo la Revolución, cuando se entronizó en Roma.
Ahora España lamenta sus culpas tardíamente al tocar el abandono en que Europa la ha dejado, semejante al abandono en que ella dejó al Romano Pontífice.
Nadie duda de que es grande el poder de los hombres; ellos perforan las montañas, allanan los valles, cruzan los mares con la velocidad de los vientos, encadenan los rayos de las tempestades y hacen que la luz estampe en las cartulinas las maravillas de la creación; pero no pueden suspender ni variar las leyes naturales, que son superiores al poder de todos.
En el orden moral, los límites del poder humano son más extensos: pueden los hombres despreciar la religión, conculcar la justicia, desconocer el derecho, interrumpir la paz, y en el santuario de las leyes proclamar el imperio de la fuerza bruta, del ateismo y de la Revolución: pero también tienen potestad para venerar la religión, restablecer la justicia, constituir el derecho, determinar las leyes, enaltecer la fuerza moral, vencer la Revolución y condenar el absurdo ateismo; haciendo que reine en el universo la fraternidad cristiana, la igualdad y la libertad verdaderas, heraldos de la civilización y de la gloria del Salvador de los hombres.