Por la cabecera de un ilustre enfermo han pasado todas las notabilidades médicas de la nación; y ya en juntas consultivas, ya particularmente imponiendo su parecer el médico de cámara, han ensayado con el paciente toda clase de métodos curativos, agotando la farmacopea y no olvidando los modernos específicos: en lo que más se han manifestado conformes es en que el enfermo necesitaba mucha libertad y nada de reposo, ni de molestas ligaduras, ni cáusticos.

Y después de muchos años, el enfermo no consigue el menor alivio y va perdiendo las fuerzas hasta el extremo de que algunos doctores han declarado, que no sienten ya el pulso indicador de la vida.

Pero es lo cierto, que todos convienen en que la enfermedad no es mortal, que el ilustre enfermo puede aliviarse y recobrar la salud perdida: luego si no mejora, es por la deficiencia de las medicinas ó por culpa de los médicos, que ignoran las más eficaces ó tienen interés en que continúe la enfermedad para cobrar sus honorarios.

¿Quién no ve en ese ilustre enfermo al pueblo español, que no han podido vigorizar ni engrandecer todos los políticos que con el sistema liberal se propusieron hacerlo feliz y poderoso?

Algunos de la familia quieren que se llamen á los curas á ver si con sus exhortaciones y consejos consiguen mejorarlo.

Nunca está demás un sacerdote á la cabecera de un enfermo; pero la misión de la ciencia hay que dejarla á la ciencia misma; y en este caso con mayor motivo.

España no se puede reconstituir sin la política y sin los políticos; la una y los otros son necesarios para gobernar á los hombres en sociedad: así lo ha ordenado. Él mismo que dispuso fuera su Iglesia dirigida y gobernada por sus ministros.

Si una mala política y unos políticos peores han degradado y corrompido á España, otra política y otros hombres podrán regenerarla.

Y no hay que juzgar las doctrinas por los hombres, sino á éstos por sus doctrinas; y como los liberales están ya por ellas juzgados y condenados hasta en su propio juicio, no es posible que ninguno de ellos, ni sus partidos puedan regenerar á España.

Los buenos médicos procuran una reacción en sus enfermos cuando es necesaria; ¿por qué los políticos, como Silvela, temen á la reacción, si es indispensable para salvar á nuestra patria de la presente crísis? ¿Y si esa reacción no puede verificarse más que por una especie de dictadura, venga mil veces la dictadura franca, antes que una sola vez la mayor postración de España?