Hagamos, por lo tanto, los sacrificios necesarios para librar á nuestra amada patria de todos sus enemigos interiores y después de los exteriores.


Engañan al pueblo y lo seducen criminalmente, todos los que dicen que es soberano, y luego se burlan de su ignorancia, lo explotan y dominan, constituyéndose en sus maestros y representantes.

El pueblo nunca ha sido, ni es, ni será soberano en el sentido que le dan los liberales: el pueblo debe ser objeto de la solicitud y del amor del soberano; para el pueblo, Dios ha constituído los poderes públicos; la Iglesia y el Estado existen para servir, dirigir, enseñar y salvar á los hijos del pueblo.

Siempre menor, no tiene el pueblo la inteligencia de las clases elevadas; pero tiene el sentido común y razón suficiente para conocer á los gobernantes que se interesan por su bien y le hacen justicia, y entonces los ama y muere por defenderlos; pero cuando son egoistas ó injustos, como los gobiernos liberales y no está el pueblo del todo sugestionado, entonces desprecia á esos gobernantes, no los ama y sólo quiere el remedio de sus males.

Sin poder directo para el gobierno de los pueblos en lo temporal, Dios ha puesto á su Iglesia entre los gobernantes y los gobernados, para hacer á éstos dóciles con sus doctrinas y preceptos saludables, y á los otros, justos y benéficos.

Cuando á título de una independencia mal entendida y de una libertad falsa se prescinde de la Iglesia, entonces los gobiernos se ven privados en el cumplimiento de sus deberes de las luces superiores, y los pueblos no tienen quien los proteja y libre de la ambición de los hombres y del despotismo de los imperantes; si las potestades públicas yerran y no son justas y buenas algunas veces, ahí está la Iglesia, que es infalible y santa, instituída por Dios en el mundo para dirigirlas y salvarlas.

IX

Voz de temores...—El exceso del mal.—Los odios.—Los políticos de oficio y la Revolución de arriba.—Nuestra dedicatoria.—El todo por el todo.