UY fundados son los temores de España ante el gran problema que tienen que resolver sus hijos con la mayor urgencia.

Muchos, con infantil candidez, han venido creyendo, que cuando llegaran las cosas públicas al exceso del mal, entonces vendría el remedio impuesto por la dura ley de la necesidad.

Ahora conocerán, que de los males sólo Dios puede tomar ocasión para superarlos con la abundancia de bienes: el mal, por su naturaleza, produce el mal, como la corrupción insectos inmundos.

Mal, muy mal llegó España á encontrarse al principio del siglo; peor después cuando perdió sus grandes colonias en América, y en la península adquiere ardor bélico la división de los españoles; y acabadas las primeras guerras civiles, confiaron muchos en que la paz nos daría alguna bienandanza; pero una revolución insensata abrió las puertas del abismo para derramar sobre España innumerables plagas, que han sido, como los gérmenes de las que ahora lamentamos, sin consuelo ni alivio.

Todavía, nadie lo dude, podemos estar peor y llegar á ser fácil presa de nuestros implacables enemigos, si al torrente de las calamidades que nos arrastra, no oponemos el remedio que está á nuestro arbitrio, cegando con valor las fuentes del mal con el bien en pro de la nación.


Hay males más terribles para un pueblo que la pérdida de sus bienes y de una parte de su territorio y la muerte de millares de sus hijos, y esos males son los odios de unos ciudadanos contra otros por las diversas ideas y sentimientos que dominan en los ánimos y que se manifiestan en las grandes crísis.

Hemos visto con inmenso dolor á algunos españoles, formar sectas y asociaciones que han hecho traición á nuestra patria, y cuando sus corifeos principales debían, por lo menos, estar avergonzados y retirados de la vida pública llorando sus crímenes, se presentan audaces á provocar á las víctimas de su iniquidad, excitando los odios contra los inocentes.

Nadie podía creer que los Moraytas y Blasco Ibáñez, pidieran los decretos de la Revolución en los tiempos de la Regeneración.