¿Cómo no ha de temer España que el odio enconado de sus hijos sea un impedimento gravísimo para restañar sus heridas?
Llamamos políticos de oficio, á todos los que por ambición, deseo de lucro ó de aura popular, se dedican á la política: éstos son enemigos de la autoridad que ellos no ejercen, del pueblo que avasallan para dominarlo, y tienen por contrarios á todos los de su oficio que no los favorecen ó no reconocen su jefatura ó partido.
Son, por lo general, excépticos, presuntuosos y tan audaces como lo requiere la profesión. Para salvar las apariencias, proponen algo y prometen más, y como todos no pueden á la vez explotar á la nación, han inventado el turno de los partidos y ese convencionalismo político, que es la mentira menos dañosa de sus falsos principios y procedimientos corruptores.
¿Y creen algunos que esta clase de hombres podrán hacer un cambio radical en el régimen del Estado, ó una revolución desde arriba?
Sueñan despiertos todos los que esperan algún eficaz remedio á nuestras desgracias, procurado por semejantes políticos.
«El Sr. Silvela, ha dicho un escritor, ve claramente la necesidad de una revolución, pero no la siente, ni en todo caso acierta á encontrarle la embocadura.»
Si esto puede decirse, con verdad, del prohombre de la selección y regeneración ¿qué se puede esperar de los demás?
Los liberales jamás echarán por tierra su obra: ellos no confesarán sus errores, ni renunciarán á la centralización, ni suprimirán esos organismos, que, como las diputaciones provinciales no sirven más que para el fraude; ellos continuarán con el sufragio, sabiendo que es mentira y tendrán caciques, aunque sea una barbaridad.