Que los desaciertos y graves faltas de muchos españoles han traído sobre España las actuales desgracias, es una verdad tan evidente, que los mismos culpables lo confiesan: pero de las culpas de los españoles no son jueces sus enemigos, que pueden ser, como son en realidad, más culpables que nosotros; y como no sólo se han constituído en jueces, sino en verdugos nuestros, debemos reconocer que Dios ha permitido tan grande iniquidad para nuestro castigo; y para que se manifestase en un gran pueblo toda la hipocresía, mentira y barbarie que encubren con su espléndido ropaje el progreso y la civilización moderna.

Sabemos que á estas verdades y á los altos fines de la Providencia divina, no se dan por muchos la importancia que tienen; pero el mundo nunca se ha regido ni gobernado en lo que es transcendental, por el parecer de los hombres, sino por las leyes del orden superior.

La España oficial, en gran parte, había olvidado estas leyes y quería ser poderosa y prosperar con los errores y las invenciones humanas; así ha caído en tan grande abismo.

¿Reconocerá al presente el orígen de sus desgracias, y se levantará humilde procurando su remedio?

Mucho lo dudamos, porque no parece dispuesta á romper los ídolos que se ha fabricado; y si no interviene la Providencia, todo lo podemos considerar perdido.

No negamos que en el fondo del pueblo español hay todavía alientos para empresas mayores que la de la regeneración de España; pero por una parte no hay quien los excite y los dirija con éxito, para llegar al fin necesario; y por la otra se hallan sojuzgados tantos españoles por los bastardos intereses, por la ambición y las preocupaciones erróneas del sistema liberal, que se puede desconfiar de su buena voluntad y del espíritu de sacrificio que se necesita para salvar á España.

Los hombres y los principios que han arruinado á nuestra nación, no pueden ciertamente regenerarla.

Pueden cambiar los hombres, pero no los principios, que son por su naturaleza inmutables: y con doctrinas erróneas y un sistema corruptor, y por lo tanto, desacreditado, como el liberal parlamentario, no es posible que los hombres más hábiles, enérgicos y aun sabios, puedan reconstituir una nación que lleva en sus entrañas el tósigo mortal.

La experiencia proclama esta verdad: que un pueblo no se regenera si no vuelve á los principios y á las leyes que les diera el ser y la vida.

Hay, por lo tanto, imperiosa necesidad de abandonar mentirosos ideales, doctrinas y procedimientos falsos y opuestos al carácter de nuestro pueblo.