Los filósofos proclaman sus ideales, y los políticos que no son filósofos tienen por un deber aplicar á la sociedad aquellos ideales que consideran más útiles y prácticos: en el ideal de la belleza inspiran sus obras los artistas, y en el de la virtud los que desean ser justos, y todos los hombres persiguen en la vida algún ideal ó con él sueñan.
Lo ideal es la forma de la inteligencia, la aspiración del corazón humano, la vida de la razón, la atmósfera superior que envuelve el universo.
Pero no todos los ideales son verdaderos: unos representan los delirios de las pasiones humanas, otros el espejismo de la felicidad, y no faltan ideales para los más absurdos sistemas. La edad de oro cantada por los poetas ofrece mentidos ideales á los utopistas, y los progresos de la civilización y de las ciencias sin Dios dan atrevidas alas á el pensamiento del hombre y lo elevan hasta las regiones de lo infinito para precipitarlo después en los abismos de la idea hegeliana ó de lo absoluto de Schelling.
El ideal verdadero fué revelado á los hombres desde el principio de los tiempos: se manifiesta en nuestra conciencia, lo conocemos por la tradición y por la fe, lo realizan los justos y tiene su más excelente expresión en las verdades católicas. Fuera de él no hay ideales sublimes, y los que en el mismo no se concentran no pueden ser bellos, ni justos, ni laudables.
Cuando la mente humana contempla ese ideal, sintetizado en el Evangelio, enseñado por la Iglesia y viviente en el espíritu cristiano, reconoce que tiene su origen en Dios, principio de toda verdad y de justicia eterna y fuente de todas las ideas que engrandecen y dignifican á los hombres.
Las leyes de la afinidad unen las partes del mundo físico; las de la gravitación sostienen los globos en el espacio y las del equilibrio impiden que el orden universal sea perturbado; y todas estas leyes son manifestaciones de las ideas creadoras existentes en la mente divina.
Y de un modo semejante, todo lo que hay de necesario, de estable, de hermoso y de sublime en el orden moral, está encadenado y depende de ese ideal supremo que contiene la verdadera religión, la autoridad legítima, sanciona el deber, armoniza la libertad humana con los preceptos divinos y las leyes naturales y positivas, señala el camino á el progreso y perfecciona la civilización: y todas las naciones y gentes que no inspiran en ese admirable ideal su legislación, su derecho y sus costumbres, ni pueden formar un pueblo equilibrado, ni ser justas, ni en verdad, libres, ni humanitarias.
En toda la redondez de la tierra y en todos los siglos no se ha visto una nación como España que se haya inspirado mejor en el ideal de la justicia, del derecho, de la moral y de la religión: por eso sus guerras fueron justas y legítimas sus conquistas; sus caudillos fueron religiosos y caballeros, como sus magnates; y sus reyes se llamaron católicos; y á tanta altura se elevaron las leyes del honor y de la humanidad entre nuestros antepasados, que los plebeyos parecían hidalgos, y éstos como los más nobles caballeros.