Nunca España fué agresora, y cuando fenicios y cartagineses, romanos y sarracenos invadieron sus comarcas, brotaban de su suelo guerreros valerosos como Indibil, Viriato y Sartorio, que por su heroismo en defender sus hogares, infundieron temor á las legiones romanas y emularon las hecatombes de Sagunto y de Numancia.
Los bárbaros del Norte no pudieron dominar en España sino haciéndose españoles; y sepultado su imperio en las funestas aguas del Guadalete, el indómito valor de los iberos levantó en Covadonga el estandarte de la reconquista, que al cabo de ocho siglos llegó triunfante á las almenas de Granada.
Si las armas victoriosas de España llegan hasta el Oriente, entran en Orán, vencen en Pavía y San Quintín y combaten en Flandes, siempre la causa de la religión, de la justicia, del derecho y de la humanidad, es la que las mueve y las guía.
España no ha hecho guerras de conquistas para dominar á los pueblos y enriquecerse con sus tesoros; y sin duda, por la alteza de su espíritu y de su generosidad, la Providencia le señaló nuevos derroteros en los mares y la hizo Señora de dos mundos.
Como apóstoles, más que como guerreros, fueron á América los españoles.
Isabel I no vendió sus alhajas para conquistar un nuevo mundo, ni Colón guió sus carabelas por el Océano tenebroso para avasallar á los indios, sino para descubrir tierras remotas en donde fuera extendido el reinado de Jesucristo.
Si luego Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Vasco-Núñez de Balboa conquistan el imperio de los Incas y de los Astecas, fué principalmente para desterrar de ellos la idolatría y los sacrificios humanos y plantar el árbol de la cruz allí donde se adoraba al sol.
Antes de someter por las armas al emperador de Méjico, procuró Hernán Cortés convertirlo á la verdadera fe y le hablaba de la religión cristiana como un misionero; y lo mismo hicieron todos los grandes capitanes donde entraban con sus estandartes: pero más que á ellos se debió la conquista y la sumisión de América á los religiosos predicadores del Evangelio que, con su celo y caridad para con los pobres indios, hicieron amable la dominación española y la religión que los libraba de su ignorancia y de sus vicios y los protegía y defendía de todos sus enemigos.
No se debe inculpar á España el pandillaje y los desmanes que cometieron en América los aventureros que todo lo explotan en provecho propio: lo que hay que atribuirle es la gloria de haber civilizado al continente americano, llevando á él su religión y sus costumbres y el espíritu de sus sabias leyes, representado en el inmortal Código de las Indias.
La solicitud de los monarcas españoles por el bien de sus nuevos súbditos; las limitaciones puestas á los abusos de sus virreyes y gobernadores mediante los juicios de residencia; los establecimientos de enseñanza y de caridad que por todas partes se fundaban, y la grande influencia que los Obispos y misioneros ejercían por su religión y por sus virtudes entre los indígenas, todo esto contribuyó para que en poco tiempo las colonias y las muchas ciudades fundadas por los españoles se igualaran á la Metrópoli, y en ellas floreciera la cultura y la civilización de España, á la sazón la primera de Europa y del universo.