—¿Partido, eh? No lo sabes tú bien.

—Sé que es de los más brillantes de la ciudad, si no el primero, y esto me basta.

—Haces bien en conformarte con eso. Pero volviendo al asunto principal: si á Enriqueta no le preocupa su primo, ¿á qué ese abismo entre ambos?

—Por si llega el caso.

—Eso es muy eventual, Sabina; y por una eventualidad tan remota, no voy yo á arrojar á la calle á un huérfano de mi hermana.

—Pues sábete—dijo entonces doña Sabina con visible repugnancia,—aunque la lengua se me atasque al decírtelo, que la una y el otro se... se ¡caramba! se quieren como dos bestias.

—¿Estás segura de ello, Sabina?

—Segurísima... Y ya ves que existiendo esa intimidad tan peligrosa entre ellos, no es decoroso tenerlos habitando bajo el mismo techo.

—Verdad es. Mejor estarían unidos como Dios manda... Quiero decir, separados. Pero ¿cómo?

—¿Cómo? ¿Y me lo preguntas á mí?