—Naturalmente. Al echar á César de casa no has de decir á todo el mundo por qué le echas; y si no lo dices, aun cuando se le vea á mi lado en el escritorio, como ha de vérsele...
—¿Y qué se adelantaría con echarle de casa si se le dejaba volver al escritorio? ¿Tanto dista el uno de la otra?
—¿Pues qué pretendes entonces, Sabina?—preguntó aquí don Serapio vivamente alarmado.
—Arrojarle más lejos.
—¡Abandonarle!... ¡Jamás!
—No he dicho semejante cosa.
—Pues explícate con dos mil demonios, porque tengo el alma que me cabe en el puño.
—Te ahogas en poca agua, Serapio.
—Tengo entrañas, Sabina.
—¿Y no las tenemos los demás?