—¡Hola! ¿Pues qué sucede?

—¿Todavía no lo has conocido?

—Te juro que no.

—¿No has sospechado siquiera que el pelón de tu sobrino se permite ciertas ilusiones sobre su prima?

—¿Y eso qué?...

—¡Y me lo dices con esa calma!

—¿Por qué no? Si ella se las fomentara...

—¿Y si se las fomenta?

—¡Cáscaras!

—Esto no es asegurarlo, ni siquiera creerlo—rectificó doña Sabina arrepentida de haber ido tan lejos en sus declaraciones.—¡Pues no faltaba más sino que nuestra hija descendiera desde la altura del rango que le corresponde, hasta la ignominia de ese miserable!... ¡Para eso la he educado yo! Pero al cabo es una niña todavía, sin experiencia, y ¿quién sabe hasta dónde puede llegar el tesón del otro, llevado del afán de salir de la miseria á expensas de un partido semejante?