Aquí temblaba ya la voz de don Serapio, y sus ojos no podían resistir las centellas que lanzaban los de su mujer. La verdad es que doña Sabina, al oir las últimas palabras de su marido, estaba espantosa. Permaneció un instante como vacilando entre responder á su marido con algunas frases ó con un silletazo; pero al último se decidió por exclamar, en el tono más depresivo y humillante que pudo:
—¡Estúpido!
—Bueno, mujer—replicó don Serapio asombrado de que aquella tempestad se hubiera desahogado con tan poca descarga.—Cada uno es como Dios le hizo. Si el plan no te gusta, en paz, y veamos el tuyo.
—No conoces siquiera el terreno que pisas.
—También puede ser eso. Como no me ocupo...
—¿Crees que á la altura en que están las cosas pueden esos chicos permanecer tanto tiempo así?
—Según eso, ¿juzgas preferible acortar el plazo?
—¡Animal!
—¡Echa, hija, echa!
—Un abismo es lo que hay que poner entre ambos, y ponerle inmediatamente.