—¡Oiga!... Eso parece grave.

—Como que lo es. Figúrate que, por de pronto, trato de ir sondeando poco á poco el corazón de Enriqueta para ver si cabe dentro de él el de su primo.

—¿Y después?—preguntó al oir esto doña Sabina, mirando á su marido, más bien que con los ojos, con dos puntas de puñal.

—Después, hija mía, si los corazones coinciden, dar á sus propietarios nuestra bendición y entregárselos al cura de la parroquia para que los una, como á ti y á mí nos unieron.

—¿Y ése es tu plan, Serapio?—volvió á preguntar doña Sabina luchando por contener la ira que se le escapaba por todos los poros de su cuerpo.

—Ese mismo,—respondió su marido, no poco turbado ya ante el fulgor de aquella mirada infernal, cuyos resultados conocía bien por una triste experiencia.

—¿Y para qué me le das á conocer?

—Para... para ver qué te parece... y para...

—¿Para qué más?... ¡Acaba!

—Para... para que me ayudes á realizarle... digo, si te parece bien.