—¡Serapio!... ¿Estás dejado de la mano de Dios?

—Creo que estás tú más lejos de ella, Sabina.

—¡César!... ¡Un chiquillo!

—Que sabe hoy más que todos mis dependientes juntos.

—Un mequetrefe.

—Apegado al trabajo como un ganapán.

—Por lo que le vale.

—No le conoces, Sabina. Además, no se trata de entregarle hoy mismo todo el fárrago de los negocios de la casa, sino de prepararle para dentro de dos ó tres años.

—¡Bah!... Para entonces ya habrá llovido, y sabe Dios hasta dónde le habrán soplado los vientos.

—Es que trato de atarle bien á la casa para que esos vientos no me le lleven.