—Lo dudo, Serapio. Pero, en fin, sepa yo el tuyo.
—Vas á saberle. Por razones que no son ahora del caso, tengo que ir pensando en buscar una persona que se encargue de mis negocios cuando yo no pueda con ellos.
—Es natural.
—Me alegro que lo conozcas. Pues bien: he discurrido largo tiempo y he buscado en todos los rincones de mi memoria...
—Y no has encontrado un hombre.
—Sí tal: uno solo.
—Y ¿quién es?
—César.
—¡César!
—El mismo.