Y bajo esta impresión doña Sabina, y bajo la que también conocemos don Serapio, viéronse los dos aquella misma noche en el gabinete de la primera y entablaron el diálogo siguiente:
—Tengo que hablarte, Sabina.
—Digo lo mismo, Serapio.
—De los chicos.
—De los mismos.
—¡Extraña casualidad, mujer!—exclamó el marido que, por un momento, llegó á sospechar si, por uno de esos fenómenos inexplicable, estaría de acuerdo con su señora una sola vez siquiera.
—Ocúrreme lo propio, marido,—repuso doña Sabina siguiéndole el humor.
—Tengo un plan acerca de ellos.
—Y yo otro.
—¿Si será el mismo, Sabina?