—¿Por qué te alegra tanto mi resolución?

—Porque ahora he caído en que—y esto lo dijo dando diente con diente,—si yo te viera casada... con otro, me moriría.

Á la cual protesta correspondió la joven lanzando á su primo una mirada elocuentísima, y diciéndole al mismo tiempo:

—Pues mira, César, si quieres que yo viva, no nos dejes nunca.

En aquel instante entró en escena doña Sabina, cuyos ojos de basilisco supieron leer toda una historia en la emoción reflejada en los candorosos semblantes de los dos jóvenes; emoción que llegó á su colmo y hasta rayó en espanto, cuando les acometió el recelo de que aquella dulcísima señora podía haberles descubierto su secreto.

¡Como si no le hubiera descubierto mucho antes que ellos mismos!

III

No sé si don Serapio había leído tanto como su mujer en los corazones de su hija y de su sobrino; pero lo cierto es que si no lo había leído, deseaba leerlo. Acaso en el mismo instante en que éstos se descubrían los misterios más ocultos de sus almas, acariciaba el atribulado comerciante, paseándose maquinalmente á lo largo de su gabinete, planes que podían llegar á ser el mejor complemento real y positivo de aquellas candorosas ilusiones.

Veía que sus fuerzas físicas iban debilitándose á medida que se agravaban sus padecimientos morales, y la suerte seguía mostrándosele esquiva. Entre tanto carecía de resolución para establecer radicales economías en su familia, y no creía fácil ni conveniente, por razón de crédito, apelar á medios extremos para sacar sus negocios de las apreturas en que habían caído mucho tiempo hacía, ni se le ocultaba que aquella situación tenía que resolverse más tarde ó más temprano en el sentido á que venía inclinándose. El trabajo constante quebrantaba de hora en hora su naturaleza física, y el reposo le era indispensable; pero ¡en qué ocasión! Y si la extrema necesidad le obligaba á retirarse, ¿en quién depositaría aquella carga pesada? El viejo tenedor de libros, tan diestro en hacer números y renglones casi de molde, carecía de toda iniciativa para conducir por sí solo los negocios más claros y corrientes, cuanto más para llevar á seguro puerto aquéllos que venían entregados, en frágil y desmantelada nave, á tantos y tan encontrados huracanes. Los otros dos dependientes ya hemos visto que eran meros instrumentos mecánicos de escribir y de copiar. César era el único entre todos que, por su precoz inteligencia, por su asiduidad y por su adhesión decidida á todo lo que era de la casa, podía encargarse de la dirección de ésta; pero más adelante, porque era todavía demasiado joven. Y así, conducido por una muy lógica asociación de ideas, llegó á pensar en el porvenir de su casa, dado que lograra sacarla del conflicto en que se hallaba, y en el de Enriqueta, tan problemático á la sazón. ¿Quién velaría por ella faltándole su padre, sobre todo si tras esta falta aparecía la de aquellos caudales que eran el blasón de la plaza, la honra de los comerciantes, el atractivo de los hombres y el alma toda de aquella sociedad metalizada, sin entrañas para los pobres y sin inteligencia para otra cosa que las empresas de lucro? Y entonces volvía á pensar en César; en César, educado á su mano, hecho á la manera de su carácter; César, honrado, modesto, laborioso, inteligente y bueno... ¡Si Dios quisiera infundir en el corazón de su hija el sentimiento de una atractiva simpatía! ¡Si no se fuera extinguiendo con el tiempo la que en los dos niños había observado él! ¡Si, lejos de eso, llegara á trocarse en afecto más profundo y duradero!... Dos ó tres años más, y tanto el uno como el otro podrían unirse en santo y perdurable vínculo. Entre tanto, bueno sería ir estudiando aquellos juveniles corazones y tratar de aproximarlos entre sí más y más, en vez de separar, como parecía proponerse la implacable aversión de su mujer, al desvalido huérfano. Era, pues, indispensable trabajar sobre este plan cuya realización le convenía por tantos conceptos. En consecuencia, se propuso hablar seriamente á aquélla, con el fin, no sólo de que cesara en sus rigores con su sobrino, sino de que le fuera halagando con cariño.

Por su parte, doña Sabina, que desde el principio venía dándose á todos los diablos con «los atrevimientos del pobrete que podía haberse permitido ciertas ilusiones», al ver confirmadas sus sospechas en la ocasión citada un poco más atrás, se propuso desahogar su indignación con su marido, en la fundada esperanza de que, no bien la oyera éste, pondría de patitas en la calle al ingrato descamisado. Su hija, así por razón de jerarquía como por razón de belleza, estaba llamada á cumplir grandes destinos (léase arrastrar grandes trenes), y no era tolerable, ni siquiera decente, exponerla de aquel modo á las asechanzas en que trataban de envolverla las insensatas ambiciones de un advenedizo desarrapado.