—¿No te aturde el ruido del mundo?

—No le oigo desde aquí.

—Es verdad. Pues á tu mujer la embriaga.

—Como que es su elemento.

—Y esa divergencia de gustos ¿no te desazona siquiera?

—Como ella vive con el suyo y yo con el mío...

—¡Extraña conformidad! Pero ¿no sería preferible que tu mujer se amoldara á tus costumbres?

—Y ¿por qué no he de amoldarme yo á las suyas?

—Porque no es eso lo que Dios manda, sino lo otro.

—Según y conforme. En el presente caso, se trata de una mujer joven, hermosa, nacida, como quien dice, en el llamado gran mundo, unida á un pobre segundón de la Montaña, abogado sin porvenir...