—No hoy, ¡vive Dios! que lo que más te sobra es la buena fama.
—Gracias al apoyo que me prestó aquel hombre generoso...
—Poco á poco, y vamos á ajustar bien esa cuenta. El padre de Isabel, parte de cuya reputación, en sus últimos años, se la dió la inteligencia, el talento... sí, señor, el talento de su joven pasante, tuvo al morir el deseo, más que el deseo, el empeño de que Isabel, su hija y única heredera de su inmensa fortuna, se casara contigo.
—Por lo mismo—dijo Carlos, con menos entereza de la que aparentaba,—Isabel es para mí una prenda sagrada, un santo recuerdo de tan noble protector. Además, entre Isabel y yo no existía una pasión, ni mucho menos: yo acepté su mano con más reconocimiento que amor, y ella la mía sin repugnancia, hasta de buena gana; pero nada más.
—¿Y qué quieres decirme con eso?—repuso con vehemencia Ramón;—¿que no tienes derecho alguno sobre tu propia mujer? ¿Que no es su honra la tuya?
—Líbreme Dios de pensarlo—respondió Carlos visiblemente contrariado con el rumbo que tomaba el interrogatorio.—Pero Isabel es buena, es honrada, me profesa hoy un cariño arraigadísimo; tengo, en fin, completa confianza en su virtud, y no puedo, no debo separarla de ese elemento en que se ha educado, y por lo cual no la daña.
—¿Y si la dañara?
—¡Ramón!
—Antes me has dicho que quieres vivir prevenido.
—Es cierto; pero hay asuntos de tal delicadeza...