—Corriente: respetemos esos asuntos frágiles; pero dime en conciencia, ¿no es verdad que viviendo ambos en perfecto acuerdo, con respecto á gustos y á costumbres, seríais mucho más felices?

—¡Quién lo duda?

—Pues tratad de vivir así.

—Es peligroso el intentarlo, porque para ajustarse al gusto del uno, tiene que violentarse el otro... Además de que, como te he dicho, cabe también la felicidad en nuestro actual sistema de vida.

—Lo creo; pero no lo comprendo.

—Porque para juzgar ciertas cosas hay que mirarlas desde la altura conveniente. Desengáñate, Ramón: la vida que tú haces en el pueblo no es la más á propósito para comprender la de este otro mundo.

—Podrá ser—replicó Ramón con fingida sinceridad,—que ciertas cosas de por acá no sean en el fondo lo que nos parecen á los rústicos de por allá, y entonces tú estás en lo cierto; pero yo creía que las razones de sentido común tenían la misma fuerza en todas partes.

Evidentemente molestaba mucho á Carlos esta conversación, en la cual cerraba siempre el paso á sus evasivas el buen sentido de su hermano. Así, pues, resuelto á cortarla á todo trance, púsose de pie, y, fingiendo echar á broma el asunto, dijo á Ramón alegremente:

—Ayer viniste á Madrid por primera vez en tu vida, y aún te encuentras desorientado. Deja que lleves algún tiempo más á mi lado, y entonces, con las necesarias luces, aclararemos éste y otros puntos análogos que tan obscuros te parecen hoy. Entre tanto, vamos á dar una vuelta antes de almorzar.

—¡Cómo una vuelta!—dijo Ramón, á quien le dolían las piernas de recorrer las calles.